Alcalde por un segundo

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A finales de los 60, la mayoría de los pueblos de la Costa Caribe ofrecían educación solamente hasta quinto de Primaria y el ‘premio mayor’ se obtenía cuando las familias, haciendo ingentes esfuerzos, enviaban a sus muchachos a las ciudades capitales para convertirlos en bachilleres que, como afirmaba Escalona en su canto, obtenían, inmediatamente, licencia “pa’ enamorar”,

En Calamar, por ejemplo, los colegios de los profesores Roberto Botero y Antonio García eran los únicos que, oficialmente, impartían educación primaria y, de ahí en adelante, un puñado de privilegiados se marchaba a Barranquilla o Cartagena.

Pero un buen día mi pueblo amaneció engalanado: abrió sus puertas el Colegio de Bachillerato ‘Ignacio Arrázola Ahumada’ y, de inmediato, se agotaron los cupos con aquellos que no pudieron migrar. Apareció entonces el rector, recién desempacado de la Pedagógica de Tunja, licenciado Ramón Zetién Santoya, de menor edad que algunos de sus alumnos, afrontando, como era de esperarse, la resistencia de los profesores criollos, quienes ansiosos por verificar sus pergaminos, le enrostraban preguntas estrambóticas y ecuaciones cuadráticas que Zetién respondía con lujo de competencia ganándose el respeto de la comunidad educativa, menos la del ‘Sheriff’, quien con 37 años fue el primero en matricularse, mientras hojeaba, en silencio, novelitas de Marcial Lafuente Estefanía.

Este insólito personaje llegaba al colegio vestido de alguacil, montado en su burrita que dejaba pastando cerca de las aulas. El escándalo explotó cuando Zetién le prohibió que, durante los recreos, hiciera a su corcel públicas y apasionadas visitas conyugales. La comunidad dividió opiniones: unos censuraban al desvergonzado ‘Sheriff’ y otros pedían la renuncia irrevocable del rector, poniendo una lupa sobre el vigor de su testosterona.

Al día siguiente Ramón lo esperó fuera del colegio y, colocándole su mano en el hombro, caminaron juntos. Nadie sabe de qué conversaron; pero pacíficamente, ‘Sheriff’ prefirió el encoñe de su cuadrúpeda concubina al cartón de bachiller.

Ya en Cartagena, después medio siglo entregado a la docencia, exalumnos y colegas, motivados por su brillantez y ecuanimidad para solucionar situaciones inverosímiles como la del ‘Sheriff’, propusieron lanzarlo a la Alcaldía: “Pero no necesitaré cuatro años, solo un segundo para ser recordado como el mejor gobernante de Cartagena de Indias desde 1533” –aseguró ante el desconcertado auditorio que proclamaría su candidatura– “Destinaré, de un plumazo, el 99,9 % de todos los recursos del Distrito a la Educación de excelsa calidad y sin ningún distingo, lo demás vendrá por añadidura: florecerán seres humanos irreprochables”.

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