Alejandro Radi y la esencia del perdón

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Cuando conocí a don Alejandro Radi Deriduo, hermano de mi abuela Isa, con pinta de Carlos Gardel y talla de basquetbolista profesional, de inmediato encabezó la legión de mis personajes inolvidables, como aquellos que aparecían en Selecciones de Readers-Digest.

Aún usaba mis pantalones cortos aquel 25 de febrero de 1959 cuando don Alejandro festejó, por última vez, el cumpleaños de su esposa Adela Sagbini, allá en la casona del barrio Las Delicias de Barranquilla y, con media docena de ‘wiskis’ entre pecho y alma, sabiendo además que, a sus 45 años, el candil de su vida irremediablemente se apagaba, detuvo la música y, arrodillado frente a ella, alzó los brazos al cielo, mirándola a los ojos, le imploró clemencia: –Mija, ¡Perdóname por amarte tanto! –Perdóname tú a mí, Alejo –respondió Adelita –Porque yo te amo más de la cuenta. Sin embargo a él le alcanzó el tiempo para impregnar a su camada de turquitos, familiares y amigos, el bálsamo de la misericordia: su hogar, siempre de puertas y ventanas abiertas, acogió a los peregrinos que aparecían con las alas marchitas.

Alejandro oficiada también de amable componedor de entuertos, pero cuando pasaban de castaño oscuro, sacaba a relucir sus dotes de alquimista, preparando, para los irreconciliables, brebajes de tolerancia y paciencia. Al final recomendaba a las partes olvidar, para siempre, el rostro del enemigo, evitando así que a sus almas se las carcomiera el ácido sulfúrico de los resentimientos.

Aquellas convicciones espirituales no eran gratuitas: Adela y Alejo, hijos de esforzados emigrantes libaneses, llegados a Colombia huyéndole a las fauces insaciables de la guerra, sabían muy bien que la esencia del perdón residía en la mansedumbre del sándalo, derramando su fragancia sobre el hacha que lo hiere y en la hidalguía de la violeta, impregnando su perfume en la pesuña que la aplasta.

–El perdón -aseguraba don Alejandro- no es la sarna de los cobardes, es la huella luminosa de los colosos que, sin importar el tamaño de la tormenta, ofrece su mano al caído, permitiendo que le germine de nuevo la esperanza.

Hoy, en medio del cataclismo de odios fratricidas irreconciliables que destrozan, desde hace más de medio siglo, las entrañas sagradas de la patria, quise reconstruir la estampa de Alejando Radi, con todas sus voces, luces y aromas, esparciendo, a manos llenas, semillas de amor y compasión, invitándonos a perdonar setenta veces siete, tal como lo enseñaba el inmortal carpintero de Palestina.

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