Columna


Alzheimer del guayacán

HENRY VERGARA SAGBINI

19 de julio de 2021 12:00 AM

Después de su última quimioterapia, Aniceto Martínez Beleño, jubilado de los Ferrocarriles Nacionales, habló francamente con el oncólogo. Por primera vez, en sus 79 años, haría su voluntad sin consultársela a nadie.

-“Doctor —le dijo—, ¿cuánto tiempo me queda? Soy viudo, no tuve hijos, ¡íngrimo!

-“Estamos en las manos de Dios. Nadie sabe hasta dónde llegará la vida”, contestó el galeno, acostumbrado a torear preguntas de afilados pitones, sin degollar la esperanza.

-“Sé —contrapunteó Aniceto— que cada una de mis células ha perdido la batalla, es hora de recoger los pasos”.

Al día siguiente arregló una pequeña maleta con dos mudas de ropa, cepillo de dientes y se marchó, después de medio siglo de ausencia, al encuentro con los afectos que dejó olvidados en cada recodo de su comarca.

Caminó por sus calles anhelando, inútilmente, distinguir rostros, sonrisas, abrazos de bienvenida que salieran a su encuentro, pero ahora era forastero en su propia tierra.

Sin embargo, no se dio por vencido: era junio, temporada de los trompos rescatados de sus escondites secretos, con la pita enrollada a la cintura. Quizás, de un momento a otro, las calles se vestirían de fiesta al compás de los bailarines con músculos de madera, atrayendo, por igual a los hijos de los turcos, del aguatero, de la fritanguera, a los nietos del prestamista, a los gemelos del notario, a los tres mosqueteros del alcalde y a los siete sobrinos del cura... pero nadie llegó, ahora era otro pueblo.

Entonces fue en búsqueda de Severo Santana, el tornero, quien fabricaba y vendía trompos, danzarines con zapatilla de acero, pero a los niños humildes, como era él, solo le exigían trozos de guayacán, el más noble y vigoroso de los árboles, para que germinaran de sus manos trompos gratuitos de todos los tamaños y colores. Aniceto, desde entonces, guardó el suyo con la esperanza de entregárselo al hijo que dejó la cuna y las caricias vacías.

Como nadie se acordaba del tornero, buscó a su amigo de infancia, ese que, a cambio de nada, ofrendó uno de sus brazos para convertirse en su trompo predilecto, ahora como infatigable guardián de su lecho de enfermo terminal, junto al crucifijo y la foto de su madre.

- “Aquí estoy —susurró al gigante de madera—, vine a devolverte los afectos”. Pero el árbol permaneció inmutable con la mirada fija en lontananza, sentado en su trono de luces y clorofila, ausente, desguarnecido por las escarchas de los siglos y las cicatrices del olvido.

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