Columna


¿Aprendimos?

CARMELO DUEÑAS CASTELL

04 de mayo de 2022 12:00 AM

Hace más de 2000 años se usaron mascarillas rudimentarias. Hace siglos, el emperador chino obligaba a sus sirvientes a usar tapabocas para evitar que contaminaran la comida. Durante la peste algunos usaron un remedo de máscara protectora.

Una mortífera enfermedad respiratoria, iniciada en China en otoño, se convirtió en un problema internacional.

El doctor Wu fue comisionado para manejar la crisis. Llegó a la ciudad para Navidad y rápidamente creó hospitales, ordenó confinamiento y cuarentenas. Pero lo revolucionario de Wu-Lien-Teh fue fabricar una mascarilla con algodón, gasa y tela que permitió que el 1 de marzo de 1911 ya no hubiera más contagios. Sin embargo, en la pandemia de 1918 fallecieron millones de personas antes de que se usara la mascarilla. En noviembre de 2002, en Guangdong, surgió el SARS que rápidamente se extendió y obligó a la OMS a emitir alerta el 12 de marzo de 2003. Las mascarillas se usaron irregularmente, mientras en Japón lo hicieron convencidos de su eficacia. A la sazón, las habían usado durante más de 50 años sabiendo que reducían la propagación de enfermedades en más del 90%. El SARS afectó la economía y la salud en oriente. El impacto que tuvo ver centenares de personas con mascarillas fue mucho más potente que cualquier determinación oficial que nunca llegó. La mascarilla fue el símbolo de la determinación, individual y colectiva, de controlar la epidemia. Sin embargo, con el SARS-CoV-2 hubo demoras en implementar las medidas aprendidas. La pandemia confirmó que la eficacia de la mascarilla, el lavado de manos, el distanciamiento social y la ventilación al prevenir millones de muertes y de contera reducir la Infección Respiratoria Aguda (IRA).

Así la COVID hubiera desaparecido, que no lo ha hecho, la IRA es un problema sanitario que exige prevención individual y colectiva. La respuesta nacional y global a la progresiva apertura hace sospechar que no aprendimos. Igual cosa demuestra que la mortalidad por IRA haya aumentado, especialmente en personas en riesgo.

La lección es clara: personas con IRA deben, en lo posible, permanecer en casa, evitar el saludo de manos y/o besos y abrazos, no tocarse la cara, cubrirse la boca con la parte interna del codo al estornudar o toser y usar la mascarilla.

La evidencia y experiencia debiera obligarnos, a todos, al lavado de manos frecuente y que la vacunación y la mascarilla deberían ser imperativas para quienes tienen alto riesgo de fallecer con la IRA como son los pacientes con enfermedades crónicas respiratorias, cardiacas o renales, inmunosuprimidos, con cáncer, los diabéticos y los adultos mayores. Lo dice el refrán “una cosa es cometer un error otra es seguir cometiéndolo”.

*Profesor Universidad de Cartagena.

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