Columna


Aprendizaje

PABLO ABITBOL

05 de mayo de 2023 12:00 AM

Hace unos días, una activista afro feminista a la que admiro mucho respondió a una publicación racista con una frase que perturbó mi pudor académico: “La gente blanca es muy bruta”. Pero, ¿no es esta una frase también racista, pensé en el momento, pues le atribuye una característica negativa a toda una generalidad de personas sobre la base de un supuesto color de piel?

Ante tan difícil pregunta, hice lo que suelo hacer dada mi formación como filósofo: pensar con cuidado en argumentos y contraargumentos, idear experimentos mentales, llevar las ideas a sus límites y ponerlas a prueba con colegas y estudiantes. El propósito no era encontrar una confirmación de mis opiniones, sino acudir a una deliberación que me permita ver otros puntos de vista y, si es el caso, cambiar mi posición, ya más nutrida y matizada.

El aprendizaje deliberativo de estos días me recordó que la lógica no es ni el único criterio de evaluación de una aseveración ni el único valor del lenguaje. Existe una gran diversidad de juegos de lenguaje en los que se ponen de presente los lugares de enunciación de los hablantes, la pluralidad de usos que les quieren dar a las palabras, sus experiencias vividas, los contextos y la historia.

Dada dicha riqueza del lenguaje concreto, una frase que unidimensionalmente podría interpretarse como racista se revela como un acto de habla que en realidad encarna resistencia y lucha antiracista. Se enuncia desde un lugar marcado por un dolor histórico profundo, en un contexto en el que pervive el racismo estructural y sistemático de nuestra sociedad.

Lo que al principio percibí en mí como pudor académico en realidad colinda más con el fenómeno de fragilidad blanca; es decir, el hecho de que yo sea una persona que intenta conscientemente deconstruir sus sesgos implícitos y privilegios no implica que no los posea, ni que la mayor parte de las personas no sean, implícita o explícitamente, racistas.

Frases así nos interpelan. No basta con no ser racistas, es necesario ser antiracistas. Tal vez no tengamos la culpa de una tragedia opresiva que hunde sus raíces en la historia, pero sí somos responsables por lo que hacemos con los estereotipos y los privilegios que de ahí heredamos.

Hoy las personas blancas (así como los hombres, las personas heterosexuales, los urbanitas, los capitalinos) debemos escuchar atentamente, sin prejuzgar, lo que se nos dice desde diversas experiencias de vida y diversos lugares de enunciación que no podemos comprender cabalmente y que han sido histórica y estructuralmente oprimidos. Es momento de dejarnos orientar por una gama más diversa y rica de liderazgos.

Las opiniones aquí expresadas no comprometen a la UTB ni a sus directivos.

*Profesor del Programa de Ciencia Política y RR. II., UTB.

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