Arnold Puello

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Por estas calendas, hace más de 120 años, Wilhelm Röntgen notó que la exposición a los rayos X producía la sensación que el tiempo no corría, volaba. Tengo para mí que había una conexión directa entre Röntgen y el doctor Puello.

El primero descubrió los rayos X y el segundo los usó, toda una vida, para servir y ayudar a colegas y pacientes. Y claro, también los usó para enseñarnos. Eran las 10 de la mañana y en el auditorio no cabía un alma. Tocaba ver la amena conferencia con que develaba los misterios de enfermedades y los convertía en sencillos diagnósticos, fáciles de comprender con las ayudas visuales que presentaba. A la sazón, contaba con una de las más grandes colecciones de radiografías, imágenes claras, algunas exóticas, adobadas con jugosos comentarios que develaban para nosotros el novedoso mundo de la radiología y, a través de él, un acercamiento concreto a los pacientes y sus males. Con excepciones, la tecnología se ha encargado de separar, cada vez más, a pacientes de médicos, reduciendo el interrogatorio y el examen físico, restándoles importancia. Pero, para él, siempre fue lo contrario, los hallazgos en la radiografía eran una excusa más para ver al paciente, interrogarlo y buscar datos que le permitieran aumentar el rendimiento diagnóstico de la imagen. Y, no conforme con ello, era frecuente que llamara al médico tratante, hoy una especie en vías de extinción, para corroborar la historia y discutir el caso.

Pero su conocimiento médico, cimentado en las universidades de Cartagena y Minnesota, se vio siempre sobrepasado, en demasía, por sus cualidades humanas. A la muestra un botón, nombrado director, Ad honorem, del Proyecto Orgánico para la creación del Hospital Universitario de Cartagena, el título le quedó pequeño al ímpetu con que exitosamente lo asumió. Fue “vox populi” todo lo que hizo para recolectar fondos para semejante empresa. El hospital fue su afán, orgullo y angustia hasta el final.

Muchos nos beneficiamos de su amoroso desprendimiento al cobrarnos las mismas minucias durante años por algo que, exageradamente, debía ser el arriendo de nuestros primeros consultorios. Más aún, el arriendo era un paquete, con todo incluido que, además del prestigio de su nombre en los blasones del edificio, traía consigo la periódica asesoría que nos daba al llamarnos a preguntar por un dato, unos detalles, que enriquecían su mente para arrojarnos más luz sobre el diagnóstico de nuestros pacientes.

Siempre vestido de blanco, desde las canas hasta los pies, era la fiel estampa de la transparencia. De él, como familiar, poco queda por decir, sus descendientes lo han mostrado con creces al ser el reflejo de un hombre bueno, ese que siempre tuvo la inclinación natural de hacer el bien. Lo decía Nietzsche: “Quien tiene un porqué para vivir, encontrará siempre el cómo”.

*Profesor Universidad de Cartagena.

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