Aspirantes y suspirantes

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Camino al partidor y en pleno vértigo electoral, es muy fácil identificar al grupo de los verdaderos ‘Aspirantes’, rodeados de genuinas opciones, y el de los ‘Suspirantes’, con mínimas o nulas, campeones eternos en suspirar, quejarse y volver a suspirar.

En Colombia, como en muchísimos países, ciudadanos del común sueñan, secretamente, acomodarse en la poltrona presidencial o en tomar las riendas de nuestra gloriosa, pero no siempre exitosa, Selección Nacional de Fútbol. Claro que, con el paso del tiempo, van deshojando, uno a uno, los pétalos de la margarita del poder, conformándose fallidamente con llegar a la Gobernación o a la Alcaldía.

Más tarde se conformarán con una curul en Senado o Cámara; después fijarán sus metas en la Asamblea o en el Concejo; ya resignados, querrán ser ediles pero, al final del camino, los Suspirantes se quedarán con las manos dolorosamente vacías, mientras ven aterrizar, en lujosos paracaídas, a ilustres desconocidos que, de la noche a la mañana, se convertirán en seguros vencedores de las contiendas electorales.

Y entonces los Suspirantes preguntarán, desde la trinchera de sus ingenuos dientecitos de leche: ¿Y quién es él? ¿de dónde salió? ¿quién lo financia? Inmediatamente correrán a esconder sus cabezas de avestruces en el abstencionismo, la amargura y la indiferencia. Colocarán filosas e inexpugnables rejas a sus raquíticas aspiraciones partidistas, pero renacerán, no lo dude, cuatro años más tarde, decididos, ¡ahora sí! a empalagarse con la tóxica, pero apetitosa mermelada.

En Cartagena de Indias, reconocido y miserable supermercado de la compra-venta de votos y conciencias, abundan Suspirantes que, al no logar triunfos electorales, se olvidan de otras formas, mucho más generosas y efectivas, de servirle a la su ciudad. A esos tozudos Suspirantes les viene bien la frase, acuñada hace 200 años, por Joseph de Maistre, controvertido político y filósofo francés: ‘Todo pueblo tiene el gobierno que merece’, recordándole a los ciudadanos del común que, son ellos y solo ellos, los auténticos fabricantes de su propio destino, amparados, eso sí, por una justicia luminosa, alejada de las fauces de los villanos.

Y es que la opción transformadora de nuestra cruda realidad no es propiedad de los caudillos: emana del poder infinito de la Democracia, pues bastaría elegir gobernantes pulcros, dispuestos a no prostituirse ni enriquecerse, para rescatar del abismo a esta marchita ciudad, hoy carcomida por la impunidad y la miseria, donde hablar con la boca llena no es una falta de urbanidad, sino el más grande privilegio.

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