Ausencia sentimental

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La última semana de abril huele a vallenato, sabe a arepa de queso y suena al viejo Par. Quien nunca lo ha vivido no sabe lo que se ha perdido. Iniciar el viaje anual a tan delicioso destino es desandar verdes caminos tapizados de añoranzas, hasta que hay olor de cercanía al atisbar los dorados gajos del cañahuate y las blancas canas de la progresiva calvicie de nuestra Sierra, otrora nevada.

Son solo cuatro días en los cuales la Pedregosa, el Coliseo, El Colegio Loperena, La Plaza Alfonso López y otros sitios se convierten en escenarios donde se enfrentan los mejores acordeoneros exhaustivamente seleccionados. A la sazón, este año más de 300 entre profesionales, aficionados, juveniles e infantiles. Cada uno acompañado por caja y guacharaca. Reporteros de una crónica musicalizada con más de 100 años de historia a cuatro ritmos: la veloz y enloquecida puya; el rítmico y bailable merengue; el novedoso paseo, popularizado por Escalona; y la parsimoniosa lentitud del Son, con los magistrales y sublimes bajos de Alejo. En paralelo hay desfile de piloneras, conversatorios, Festival de las Artes y Festival Gastronómico. Las finales ocurren en el Parque de la Leyenda y, como teloneros, los más famosos músicos del mundo.

Pero todo ello no es más que una excusa para el verdadero festival, el mejor de los convites, la exaltación de un pueblo y su cultura, la camaradería, la hospitalidad y la parranda; familias de almas sin puertas, amplios patios, frondosos árboles bajo los cuales taburetes, sillas y mecedoras forman círculos perfectos. Sin saberse de dónde, cómo y por qué aparecen en romería músicos, amigos y conocidos, en desordenada y eterna procesión intercalada con viandas, licores y manjares. Con un solo objetivo, paladear un pentagrama de décadas de historia amalgamados de recuerdos y, como entremeses, cuentos sazonados con jocosos comentarios que agigantan la fantástica credibilidad de historias, mitos y leyendas y escuchar mil veces la mismas canciones, siempre diferentes.

No debería haber razón para no asistir a tal nirvana. Y esa dolorosa frustración de ausencia la describe magistralmente Silvio Brito en el himno del festival: “Ya comienza el festival, vinieron a invitarme...”. La canción es la tristeza y nostalgia de un vallenato adolorido por no ir; hermosa composición que refleja el sentimiento de almas en pena que, impedidos por no estar, rumian su desdicha. “Yo que me muero por ir y es mi deber quedarme, y aquí estoy pero mi alma esta allá”.

La ausencia es un sentimiento, no es solo el aroma de las brisas frías que bajan de noche de la Sierra, ni la calidez de la gente, ni la gélidas aguas de Hurtado corriendo por nuestras vidas, arrumando recuerdos rubricados de sabiduría popular: “El que nunca ha estado ausente no ha sufrió guayabo, hay cosas que hasta que no se viven no se saben”.

*Profesor Universidad de Cartagena.

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