Columna


Autoritarismo participativo

PABLO ABITBOL

21 de octubre de 2022 12:00 AM

Todos los días a las 6 de la tarde se escucha la sirena de la policía sacando a la gente del agua en las playas de Marbella.

Debe haber una norma, quizá también alguna razón, probablemente un temor institucional, que obligue a expulsar a quienes disfrutan el hermoso atardecer cartagenero, mientras se perturba la tranquilidad de un barrio residencial.

Así se salvan vidas, dirán. Pero ¿ocurre lo mismo en otros barrios o en otras playas en las que la proporción de turistas es mayor que la de locales? ¿Hacen algo similar en otras ciudades que se precian de ser atractivos turísticos o lugares para vivir bien? ¿Es una norma universal?

Debería ser apreciable la diferencia entre “salvar” vidas en la playa y darles vida a las playas. Se podría, por ejemplo, invertir estratégica y estéticamente para transformarlas en verdaderos espacios públicos. Sin embargo, persiste sobre ellas un trato casi como de baldío, cuya ambigüedad en el ordenamiento del territorio urbano es el equilibrio de un juego de intereses persistentemente acechantes.

Pero no solo la ley y la política —y la tácita pero patente noción equívoca de que, como la seguridad protege la propiedad, entonces la mayor propiedad merece la mayor protección— juegan un rol determinante. También lo juega una cultura de aceptación de la autoridad incontrovertible, que asiente contundentemente o se encoge de hombros y mira hacia otro lado cuando se le dice que “es por su bien, no pregunte, no piense”.

Mientras tanto la gente pierde atardeceres. O la posibilidad de imaginar una ciudad más libre, más sabrosa.

Trágicamente, un comportamiento autoritario por parte de las autoridades es lo que parte prominente de la ciudadanía espera de ellas. En nuestro caso, la mano firme, que se nos impuso como algo que necesariamente debe acompañar al corazón grande, hunde en buena medida sus raíces en la formación histórica de una cultura militarista e hiper patriarcal que se ha sedimentado como una capa geológica de prácticas, creencias y valores autoritarios normalizados tras décadas de conflicto armado. Los atardeceres no importan.

Uno de los pasos fundamentales que debemos dar como sociedad, algo que plantea con sentida sabiduría el Informe Final de la Comisión de la Verdad, es el de la transformación cultural de la fuerza pública y, en general, del Estado. También es vital, como también se deriva de ese amplio y profundo proceso de escucha de la memoria, que todas y todos asumamos el compromiso personal de participar en un cambio cultural ciudadano. Lo uno no ocurrirá sin lo otro.

Las opiniones aquí expresadas no comprometen a la UTB ni a sus directivos.

*Profesor del Programa de Ciencia Política y RR.II., UTB.

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