Columna


Avianca

WILLY MARTÍNEZ

01 de diciembre de 2021 12:00 AM

Impresionante fue el emprendimiento de Avianca en su carrito de raspao. Era un extraordinario vendedor de raspao que consumía más de seis bloques de “Hielo Popa” diarios, y refrescaba a los residentes de Manga y Pie de la Popa con sus deliciosos manjares de tamarindo, piña, limón y kola, en los años 50 y 60 del siglo pasado. Esperaba a las alumnas cuando salían del Colegio Eucarístico, quienes hacían filas para comprarle. Hubo más de una agarrada de pelo, volteretas en el suelo y uniformes rotos, por asegurar el primer raspao que ofrecía a la vuelta del colegio.

Allí se ubicaba para no ser visto por la madre Armengol, poco agraciada portera del plantel, quien armada de un palo de escoba era una verdadera amenaza. Así se ganaba Avianca la vida, empujando su carrito de madera, vendiendo de calle en calle. Calmaba nuestra sed en los interminables juegos de fútbol y béisbol en el cuarto callejón de Manga y el Pastelillo. Un montón de propinas nos cobró, solo por avisarnos con su campana alcahueta la salida de nuestra Marilyn Monroe (la bella Judith Noguera), cuando prendía su convertible azul celeste y salía de la mansión de su esposo, el magnate Jaime Vélez. Ese solo gesto de Avianca en nuestra adolescencia era el más poderoso aliento a los incipientes pellizcos de nuestra testosterona y motivo de obligados desvelos durante aquellas noches de prematura ansiedad.

El Gordo Paz, El Chicle Bomba Martínez y el Gordo Dáger acababan en un dos por tres con medio bloque de hielo, eran insaciables frente al carrito de Avianca. Una vez le preguntaron la razón de su curioso apodo y respondió: “A este carrito, lo bauticé Avianca, preparé mis cepillos, organicé mis conos de papel y aseguré el hielo para empezar a volar por las calles de Manga y Pie de la Popa”.

No recuerdo exactamente hasta qué año trabajó Avianca por el barrio, pero fueron muchos. Su gorra vieja, pantalones arrugados, camisa medio abierta y alpargatas desgastadas, testigos de su pobreza, hacían contraste con su generosidad. Un día de Ángeles Somos nos regaló raspaos y fue la primera vez que vi a Marilyn Monroe probar uno de tamarindo que le ofreció en la puerta de su mansión. Esa escena empezó a repetirse en el cuarto callejón, con la melodiosa voz de Marilyn y su despampanante figura, como una novedosa imagen publicitaria de Hollywood, gritando: ¡Avianca, Avianca! Él volaba hasta ella, respondía con repiques de campana, sacaba el hielo y gustoso le raspaba uno especial.

Curiosidades tuvo el barrio de Manga, donde un vendedor de raspao llevaba orgulloso el nombre de la más importante aerolínea del país y le vendía raspaos a la más espectacular vecina. Nuestra bella e inolvidable Marilyn Monroe.

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