Columna


Bien común

CARMELO DUEÑAS CASTELL

15 de septiembre de 2021 12:00 AM

Se los habían advertido, pero no lo creyeron. Durante semanas siguieron sus vidas como si nada, pero las amenazas, veladas y directas, resonaban en la mente de todos, padres, hermanos y él mismo, una y otra vez.

Se hicieron realidad aquella violenta noche que, en los albores de la adolescencia, lo convirtió en huérfano, asesinó al niño que vivía en él y lo erradicó para siempre de su casa y su terruño, todo en un instante.

Aún hoy no sabía si fue la suerte, inspiración divina, el físico miedo o la noble mano que, a las volandas, lo sacó de la muerte para embutirlo en un destartalado bus que lo alejó para siempre de una vida sin esperanzas. El mismo bus que, al tiempo, lo condujo a un barrio de invasión que se convirtió en su hogar, a un presente incierto y a un futuro que él mismo tuvo que labrar a golpe de esfuerzo y sacrificio.

Ese presente y futuro que edificó desde entonces, hoy, en retrospectiva, era un duro pasado que construyó día a día. Cuando trata de recordar cómo obtuvo fuerzas para lograr lo que había conseguido le es imposible establecer cuál fue el acicate o aliciente que le generó tal vitalidad.

En los ratos de ocio optimista llegó a pensar que todo lo hizo para que el futuro de los niños y jóvenes vecinos fuera plagado de las oportunidades que él no tuvo y ausente de las carencias que abundaron en su vida.

En veces creyó que ayudaba a los demás para cambiar el escenario donde sus hijos y nietos habrían de vivir. Sin embargo, luego de lustros de educar y formar jóvenes de la mano de uno que otro cura amigo y de construir futuros de otros en el yunque de su propio vecindario, una nueva noche le enseñó otra razón más del porqué de su larga carrera por ayudar a los demás.

Esa noche, en que la violencia nuevamente tocó a su puerta y destruyó la falsa sensación de seguridad le demostró un argumento más, igual de importante, por el cual había luchado por servir y ayudar a los demás. El miedo, el físico miedo reflejado en la cara de ese joven abatido en desgracia por la droga, la falta de familia, la miseria y la violencia. Era la misma cara del terror que había dejado atrás del bus, la primera noche de pánico en que lo perdió todo.

Por otro lado, mientras oportunistas amigos de palabra y ocasión creían que solo las ambiciones políticas habían orientado su arduo trabajo comunitario él, en su interior, sabía que era ese delicioso sabor a arroz de coco del deber cumplido, fermentado en el cucayo del día siguiente de hacer el bien y humedecido en el “hogao” de ver crecer al otro lo que lo había motivado siempre. El sabio de Mileto lo dijo: “La esperanza es el único bien común a todos los hombres; los que todo lo han perdido, la poseen aún”.

*Profesor Universidad de Cartagena.

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