Bien particular vs. bien común

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Para los que no somos abogados, pero escuchamos constantemente que Colombia es un estado de derecho, entendemos que la Constitución de nuestro país se fundamenta en el respeto a la dignidad y en la prevalencia del interés general. Sin embargo, resulta cada vez más evidente y por consiguiente dramático, el desconocimiento del principio en el que el interés general debe prevalecer sobre el particular.

El carácter jurídicamente abstracto del concepto de interés general ha llevado a que las interpretaciones constitucionales consideren la necesidad de armonizarlo con los derechos individuales pasándole por encima al ciudadano del común y diluyendo la idea de proteger al grueso de la comunidad por encima de cualquier beneficio personal. Se habla del derecho al trabajo para justificar invadir las zonas públicas que son de todos los ciudadanos; del derecho a la libertad de expresión para hablarnos de forma calumniosa e imprudente y esa misma libertad de expresión se utiliza para cerrar calles en manifestaciones o cualquier evento de interés particular sin pesar en el resto de los ciudadanos.

Ese es el pan nuestro de cada día en Cartagena, y nuestra geografía lo hace aún más caótico y contraproducente. Y es aquí donde quiero detenerme a reclamar el derecho individual del ciudadano común, de llegar a tiempo a su trabajo, al colegio, de regresar a su casa, cumplir sus citas, a salir de su barrio a distraerse, o a no temer perder un vuelo porque las calles fueron cerradas de forma inconsulta y desconsiderada. Permanentemente nos enteramos por el periódico o cualquier otro medio que se organizan marchas de pescadores, taxistas o educadores que se sienten afectados por obras públicas, o por decisiones gubernamentales; marchas que cierran completamente las vías y afectan al resto de los ciudadanos. El derecho a la libre movilidad es el bien común; y si un grupo específico se siente afectado, su derecho a manifestarlo no puede superar el bienestar de una comunidad.

Lamentablemente esto no para allí. En nuestras insuficientes calles se organizan carreras, eventos deportivos y culturales, visitas de personas ilustres, que cierran durante horas las únicas vías de acceso.

Todos tenemos derecho a marchar y todos tenemos derecho a disfrutar de eventos deportivos y pedagógicos, pero debemos hacerlo de forma organizada, previamente socializada y mínimamente incómoda para los demás ciudadanos.

No podemos seguir viviendo en una ciudad en lo que todo se improvisa sin medir los efectos colaterales, que no le da prioridad al bienestar común y que permite que se atropelle la tranquilidad y bienandanza de sus ciudadanos. Al final, el orden trae beneficios para todos. Al principio incomoda, pero a largo plazo hace la convivencia fácil, tranquila y pacífica.

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