Columna


Brutalidad policial

ENRIQUE DEL RÍO GONZÁLEZ

ENRIQUE DEL RÍO GONZÁLEZ

15 de septiembre de 2020 12:00 AM

Se volvió costumbre en la órbita mundial la presentación mediática de ataques desmedidos por parte de la fuerza policial hacia los civiles. Digo la exposición noticiosa porque este tipo de prácticas resultan tradicionales, casi connaturales a la sociedad, donde ha sido constante la arbitrariedad y desproporción en el uso de la fuerza de algunos gendarmes. Lamentablemente no estamos ante nada nuevo, solo que hoy apreciamos el fenómeno nítidamente gracias a las cámaras personales y las redes, aun así, gran cantidad de sucesos similares permanecen como criminalidad oculta por la ausencia de denuncias. El silencio es comprensible y se deriva del miedo de las víctimas al considerar que esa familia, la de verde, es muy grande y peligrosa.

En el aspecto formal, el uso de la fuerza se encuentra institucionalizado, precisamente en cabeza del Estado y bajo un estricto marco de legalidad, es decir, muchas veces resulta necesaria para proteger a los asociados e instituciones, pero de manera excepcional y con proporcionalidad absoluta. La valoración y análisis de la justa medida del ejercicio del poder policial se debe evaluar en cada caso concreto; los agentes del orden pueden incluso accionar sus armas de dotación ante el evidente, injusto, actual e inminente ataque de personas desadaptadas que también pululan y son habituales las evidencias fílmicas sobre ese particular. En verdad el irrespeto es general.

Es de criticar que algunos policías actúen como delincuentes, que carezcan de la mínima sindéresis para el manejo de situaciones que por lo cotidianas ameritan un tratamiento profesional, civilizado y persuasivo mediante el diálogo y sin despliegue de poderío. Es más, deben saber cuándo mirar a un lado e ignorar algunas situaciones, proyectando inteligentemente que su intervención puede generar un mal peor del que se pretende evitar. Y es que no entiendo cómo, para proteger a un ciudadano que está en la calle sin autorización, tomando licor o haciendo deporte sin tapabocas, se le termine causando graves lesiones o incluso, la muerte.

Las generalizaciones son malas, yo diría que perversas, no podemos negar que en la Policía Nacional existe un valioso componente humano que trabaja a diario exponiendo su vida, integridad y seguridad jurídica, por la sociedad. Ese trabajo debe valorarse mucho, nos permite disfrutar de nuestros derechos con tranquilidad. Pero de esa misma forma, debemos elevar nuestra voz de protesta ante aquellos funcionarios que representan una vergüenza para la institución y, en general, para el Estado, ya que incumplen el deber sagrado de protección y pasan a convertirse en un foco de laceración de los derechos más caros de los ciudadanos. De los policiales esperamos apoyo inteligente, no la brutal desgracia.

*Abogado.

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