Campos de chatarra

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Venezuela está presente en Colombia como nunca desde la Independencia, cuando lideraron en el Pantano de Vargas. ¿Qué pasó? Detrás están Chávez y Maduro y su mazamorra ideológica incompetente y corrupta. Pero es asombrosa la cuasidesaparición de una boyante industria petrolera, que ha dejado a los venezolanos, los que quedan, sobreviviendo apenas como plataforma del tráfico de drogas.

Las cifras hablan: hace 30 años, Venezuela producía 3.400.000 barriles diarios de crudo. Hoy produce 700.000. Como quien dice, 20% menos que Colombia. Hay una enormidad en esa última frase, para todo el que recuerde los días del muy rico vecino refugio laboral y afectivo para los centenares de miles de colombianos en busca de mejores horizontes. Y es producto de colosal mala administración.

Los 600 kilómetros de la franja del Orinoco son un mar de crudo pesado. Es a partir de esos depósitos que Venezuela detenta el título de país con las mayores reservas de petróleo en el mundo. De allí parten todavía sus exportaciones. Pero son campos de chatarra. Entre maleza y algunas vacas, se observan equipos vandalizados, cables torcidos, válvulas corroídas y charcos de petróleo. Es un teatro de guerra, fruto de la expropiación desordenada y el flagelo del robo y corrupción sistemáticos. Funcionan en la franja las instalaciones de chinos y de rusos que cuidan ellos sí sus activos porque con su producido se pagan las deudas contraídas en tiempos de Chávez para comprar armas y otros juguetes. Con esa pica en Flandes y los alardes de apoyo al régimen, aguijonean, además, a los EE. UU. Las sanciones también golpean la franja y el resto de la disminuida industria petrolera venezolana. Son el merengue en el ponqué de la tragedia. Grandes tanqueros de PDVSA almacenan millones de barriles de crudo en el gran terminal de Jose, en el Oriente, sin poder zarpar porque los compradores temen ser penalizados.

Entre las víctimas de la debacle petrolera venezolana está Cuba. El aliado cuyos servicios secretos han mantenido a Maduro en el poder no recibe crudo. En los mejores días fueron 100.000 barriles diarios, que sacaron a los Castro del “período especial” al liquidarse la Unión Soviética. Pero como Cuba produce poco que alguien quiera comprar a cambio de combustible, los buses tirados por burros han vuelto a las calles de La Habana, mientras se ponderan los beneficios revolucionarios de la tracción animal.

La devastación de la industria petrolera venezolana no tiene precedentes en la historia del oro negro, ni siquiera la Guerra de Kuwait en 1991. El desmantelamiento de plantas, baterías de tanques, taladros y remolcadores, la remoción de tubería, el canibalismo de cuartos de control y el abandono, incendio e inundación de campos enteros es entristecedor. El tiempo para la recuperación se mide en décadas. El patrimonio de una nación destruido por dirigentes que sobreviven a punta de fusil y éxodo.

A pesar de la defensa de Bocachica por don Sancho Jimeno en 1697, piratas franceses saquearon Cartagena. La reconstrucción tomó décadas. Excepto la reparación de las murallas, la restitución de la prosperidad corrió por cuenta de los comerciantes privados.

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