Candela de marzo

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Marzo, seco y para nada pluvioso, persiste en su aridez de eternidad; de encendida canícula, descolgándose leve desde el ocaso hasta el alba por estas latitudes tórridas, en las que un viento que no cesa en su danzar las músicas aéreas de la estación veranosa arrastra por las aceras su ración diaria de hojas secas y una que otra flor desprendida de la copa del único roble blanco que hay en el breve bosque que circunda el vecindario.

Todas las tardes a la misma hora y cuando el sol ya ha trastocado los husos horarios y devenido en alisios salinos exhalados por el mar que queda unos cuantos kilómetros al norte de nuestras casas, detrás de un promontorio de rocas arenosas y sabanas, vuelve a pasar la mujer del buzo azul turquesa llevando en su mano derecha, en la tercera falange del dedo índice derecho, un casco que a todos nos intriga pero que a nadie en el barrio se le ha dado por averiguar en y para qué lo usa, si es que tiene alguna utilidad ese particular atuendo de acrílico negro con visos rojos y verdes.

Cuando empieza a apagarse la tarde y la noche balbucea tímida su primera sílaba, el mismo azulejo de plumaje entre verde y azul que desde el primer día de la especie anida entre un añoso y solitario campano de agua que no deja de crecer y una palmera que ha resistido imbatible todos los vientos, da inicio a un solo de violina oxidada, bronco y pesado como aceite, pero vivo y poblado de otras músicas y pájaros, que el habitante urbano, un día de estos, dejará de oír y ver por estos parajes urbanos.

Al alba, apenas empiece a arder la canícula de marzo, bajo un cielo de desvaríos y soledades saldrá a volar un pájaro los polvorientos paisajes del verano con fondo de nubes extraviadas y promontorios en serie de metal hosco y cenizas de piedra.

Desde el fondo de su tarde fractal, casi noche, volverán con su cancioncilla de hojas maduras aquellos pájaros de las albas y ocasos; con sus alas antiguas que de puro volar y cantar saben de memoria los caminos inmemoriales de la especie, el sur y el norte, la dirección de todos los vientos y el olor a hojas maduras de las lluvias primerizas de abril.

Un “algo” que fascina, atrae a los selectos practicantes de los aquelarres del poder, a las brujas y hechiceras servidoras del supremo, al demonio, descornado y disfrazado de predicador, al arúspice, devorador de pájaros, al enano saltimbanqui que divierte con sus brinquitos al príncipe y a su cohorte de bufones y bribones.

Poco es cuánto ha cambiado este de arideces tempranas, pero algo ha cambiado: ya no es aquel de la infancia, en el que la “candela de marzo”, a la hora del almuerzo, era un /fuego/ de dulce sabor/ que mamá nos servía/, y, /a pan recién horneado/ aquella candela de marzo/ sabía/.

*Poeta

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