Carnaval allá y, ¿cuándo acá?

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Hoy 6 de febrero la batalla de flores inicia “oficialmente” los cuatro días de jolgorio del carnaval de Barranquilla. Pero desde el 7 de diciembre, cuando se alumbró nuevamente la Inmaculada Concepción de María, sonaban los pitos anunciando que el carnaval estaba cerca. Esa ciudad se pone guapachosa con muchas ganas de tener carnaval todo el año. Si pudieran lo harían; no cesan de moverse entre la tradición y la innovación para ampliar el placer currambero con desfiles, verbenas y festejos por toda la ciudad. Las casas, los autos, los árboles, las esquinas, todos se visten para la fiesta. Qué decir de su gente: orgullo, alegría, apropiación del espacio público, desparpajo, rumba. Meses de preparación para llorar a Joselito el martes y aquietarse el miércoles con la ceniza en la frente.

Aquí, en cambio, la historia ha sido otra. De prohibición en prohibición se han querido extinguir los festejos populares de noviembre en conmemoración de la independencia de Cartagena, que desde el siglo XIX fueron dejando a un lado lo marcial e institucional para darle paso a las expresiones surgidas en tiempos de carnaval durante la colonia. Prohibidos en algún momento los tambores y cabildos, la cumbia y el mapalé, el capuchón y la champeta, ¿qué queda? Esa ha sido la receta cartagenera para las fiestas.

Si se considera que las músicas populares son estridentes y los disfraces, de animales salvajes, ¿qué queda? Si se piensa que las fiestas afectan la productividad económica, ¿qué queda? Si un desfile folclórico se cambia por un desfile militar, ¿qué queda? Si finalmente, ante el despojo, la gente organiza sin apoyo sus propios jolgorios en los barrios y surgen carnavales, comparsas y bandos que los gobiernos desconocen, para finalmente en una noche de 11 de noviembre en la calle 11 de noviembre sacar un escuadrón antimotines y disolver el festejo, ¿qué queda? La gente, aquella noche, pensó que era una estupenda comparsa, pero los gases lacrimógenos no fueron Maizena y disolvieron la multitud por orden del burgomaestre de turno.

El carnaval de Barranquilla llega en tiempos de brisas. En Cartagena, las brisas refrescan la nueva administración de la institución rectora de la cultura. Soplan nuevos vientos y se ha producido un giro sustancial, positivo, en el discurso oficial sobre las fiestas de Independencia y la concepción de cultura que regirá las políticas de este gobierno. Mientras toman cuerpo las nuevas directrices, que seguramente reconvertirán la mediocre gestión anterior, es válido soñar con un carnaval aquí, donde nacieron muchas de las expresiones que hoy admiramos de Barranquilla. Que las Fiestas de Independencia sean un carnaval novembrino, entre el mar y la muralla, único en el mundo. Eso es posible. Daría la vida por ello.

albertoabellovives@gmail.com

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