Carnaval y Cuaresma

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Hace más de 5.000 años, en Egipto y Sumeria se celebraban prolongadas festividades al sol y a la luna o para agradecer los dones recibidos o para rogar por una próxima próspera y abundante cosecha o por cualquier sin razón.

Griegos y romanos plagaron sus vidas de fiestas paganas y grandes jolgorios en homenaje a sus dioses (Baco, Saturno, Dionisio) y a cualquier cosa, como la Lupercalia, que ocurría la segunda semana de febrero. Constantino, durante el primer Concilio de Nicea, estableció que la Semana Santa se iniciaría exactamente y por siempre, el siguiente domingo después de la primera luna llena del sol de primavera, amarrada a la Pascua Judía de Moisés y Jesús y precedida de 40 días de penitencias y sacrificios. Así, carnaval significaría abandonar la carne, o el adiós a la carne antes de la Cuaresma. Otros dicen que el nombre proviene de Carna, diosa Celta de las habas y el tocino o de algunas deidades hindúes conectadas con el deseo y la lujuria. Hace más de 700 años, en preparación al ayuno religioso ocurrían pantagruélicas comilonas que, además, pretendían acabar con los alimentos almacenados en invierno que podrían dañarse durante el verano. La iglesia unió las festividades paganas con las celebraciones religiosas para aprovechar su arraigo popular.

Los romanos iniciaron la costumbre de arrojar cosas (por entonces confites, rosas, etc.) a la cara de los asistentes al carnaval; las máscaras ya se usaban en el antiguo Egipto pero se masificaron en Venecia donde la careta garantizaba el incógnito y permitía participar, impunemente, en venganzas, romances o gigantescas orgías. A la anuencia y beneplácito iniciales de la iglesia se siguió su repudio y condena que solo logró incrementar el desenfreno y abrió las puertas a diablos cojuelos y demás especies y símbolos pecaminosos: oso y cerdo representaban la gula, gallo y macho cabrío a la lujuria, el asno a la flojera y el dragón a la envidia.

Desde entonces, centenares de carnavales por todo el mundo son gigantescos convites que combinan música, el anonimato de los disfraces, desbordado solaz, algarabía sin control y desenfrenada alegría. Los carnavales son gigantescos festejos de carácter lúdico matizados con pegajosos ritmos autóctonos que terminan con el entierro de Joselito, la quema de Juan Carnaval, el entierro de la sardina y otras semblanzas paganas que se fallecen el miércoles de ceniza. Bien lo dice Vinicius de Moraes: “La felicidad del pobre parece la gran ilusión del carnaval, la gente trabaja el año entero por un momento, un sueño para hacer la fantasía de rey, pirata o jardinero. Para que todo acabarse el miércoles”. Y digo yo, el colofón filosófico de “quien lo vive es quien lo goza” resume ese vaivén anual de la vida en que unos gozan el carnaval mientras otros padecen su cuaresma”.

*Profesor Universidad de Cartagena.

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