Columna


Carpe diem

CARMELO DUEÑAS CASTELL

08 de diciembre de 2021 12:00 AM

Nació un día como hoy, hace más de 2.000 años, en un pueblecito olvidado de la bota itálica. Él mismo se describió como poco agraciado, bajito y regordete. Hijo de esclavo, frustrado militar, empleado público, terminó siendo, para mí, el mejor poeta de la antigüedad, equiparado solo a su amigo y mentor Virgilio. Junto a él y al emperador, disfrutó frecuentes veladas, nada santas al parecer. Ejerció una rara forma de hedonismo que buscaba un placer mesurado, más duradero, tranquilo; a través del conocimiento perseguía la paz mental, la ausencia de dolor y la liberación del miedo.

La frase latina que titula esta columna literalmente implica abrazar el día, aprovecharlo. Horacio, su autor, nunca creyó que sería motor de la humanidad durante milenios. La inmortalidad escribió en sus Odas un pensamiento motivador. Cuando la vida duraba tan poco como 30 años la frase promovió a vivir en demasía, al debe, ya que la muerte estaba tan cerca. Aún hoy ha llevado a muchos a desbocarse asumiendo que no hay mañana. Fue piedra fundamental y motor de movimientos artísticos y científicos, incluso el Renacimiento. Esta corta frase, casi una orden, fue el acicate de Boccaccio y su magistral Decamerón en tiempos de la peste. Literalmente implica que tenemos una vida tan limitada que no podemos malgastar el tiempo, debemos aprovechar el día, hacer todo lo que podamos. La sabiduría popular la trastocó en el “no dejes para mañana...” o puede considerarse una elegía a la vida, “viva la vida”. No imagino el gigantesco impacto que habría tenido Horacio como creador de contenido de haber contado con las redes sociales para difundir sus Odas y Epístolas. Parecería que, en contravía con lo anterior, ha ganado audiencia la inveterada tendencia a procrastinar, esto es, retrasar a propósito trabajos, obligaciones o tareas pendientes, a pesar de tener el tiempo y la ocasión para hacerlo. Hace unos años, un profesor de la Universidad de California acuñó el término “precastinar” para describir la tendencia a cumplir tareas antes de tiempo, aunque esto exija mayor esfuerzo.

En pandemia y confinamiento se pensó que la experiencia haría una fantástica metamorfosis global para que fuéramos más y mejores. No sé si eso ha pasado, parece que no. Como individuos, por estas calendas, podemos, y tal vez debamos, procrastinar y abrazar el día. Como comunidad o sociedad puede ser una actitud cortoplacista que termine dejándonos a la vera del camino del progreso. Por ello esperamos que, a futuro, nuestros dirigentes precastinen en beneficio de todos.

Bien lo decía Horacio: “Mientras hablamos, se habrá fugado el tiempo celoso. Aprovecha el día y confía mínimamente en el futuro”.

*Profesor Universidad de Cartagena.

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