Columna


Cartagena, la heroica

ENRIQUE DEL RÍO GONZÁLEZ

01 de junio de 2021 12:00 AM

“Nada como evocar...” decía Luis Carlos López en el poema dedicado a su tierra natal. Revisar nuestra historia siempre conllevará a un sentimiento de satisfacción por la resistencia que se ha mantenido ante las múltiples adversidades, pestes, sitios e invasiones. No creo que todo tiempo pasado haya sido mejor y dudo que ahora estemos en el mejor momento histórico de la ciudad. Pero, de lo que sí estoy seguro, es que después de 488 años de haber sido fundada y luego de las peripecias cruciales que hemos superado, Cartagena aún luce imponente, orgullosa y desafiante.

Siempre existirá una buena excusa para resaltar la belleza de este lugar. Es el único en el mundo con un magnetismo especial que invita a propios y turistas a recorrerlo, meditar y con ansias anhelar el regreso para redescubrir su magia, sin miedo a que esta sea superada, porque solo aquí es, extrañamente, el punto donde se podrá encontrar la plena felicidad.

Intentar descifrar el hechizo de esta tierra, es elegir entre los increíbles e inigualables paisajes y su gente pujante, humilde y solidaria. Nada, por más malo que sea, ha logrado eclipsar el eterno brillo, creería que, por designio divino, ese mismo que nos privilegió con tanta belleza y nos recuerda diariamente que, como pueblo, estamos destinados a renacer y destacarnos con grandeza.

Somos reconocidos por hermosas playas, bellas murallas, exóticas palenqueras, balcones coloniales y, lo mejor, un acento típico, único e indescifrable, con un vocabulario exquisito que denota libertad, felicidad y frescura. Lo extraño no es hablarlo, sino el orgullo que representa sentirse identificado y pleno al estar impregnado con estas raíces.

Como anécdota tengo que hace años, en un congreso internacional que se realizó en la capital del país, ante más de tres mil personas de todas las regiones de Colombia y el exterior, presenté una ponencia con mi marcado acento, el único que uso y quiero usar. Aquel día todo salió bien; aunque en los posteriores comentarios, un coterráneo me abordó diciendo: “excelente, pero golpeas mucho”. Quedé con ganas de preguntarle en qué consistía el “pero” en su oración. No sabía qué me hacía sentir más satisfecho, si haber sido reconocido como costeño o poder contestar, sin temor a equivocarme, que al cartagenero se le hincha el pecho de orgullo cuando, por ese especial acento, es detectado.

Nuestra identidad abarca gran diversidad, pero la variante lingüística nos marca como un sello ineludible de que venimos de barrio, arena, mar, sol y un cielo en el que se refleja toda la inmensa nobleza de este lugar. La satisfacción de sentirse cartagenero no se aprende, se lleva en la sangre y aunque para muchos no somos la fantástica, históricamente somos y siempre seremos la heroica.

*Abogado.

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