Chaquetas y empanadas

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Cada cierto tiempo ocurren en Colombia acontecimientos insólitos que compiten en relevancia informativa con nuestras tragedias nacionales. Lo exótico, lo extravagante o lo inverosímil, hace contrapeso a los escándalos de cada día y contribuye a mimetizarlos.

Dos recientes bufonadas colombianas eclipsaron en los medios hechos tan delicados, como la amenaza de incursión militar en Venezuela, y los misterios de Hidroituango. Me refiero a la chaqueta verde que lució la primera dama de la nación en su visita a la Casa Blanca, que muchos consideran estrafalaria, y al temerario operativo de agentes de Policía en Bogotá, quienes tras un riguroso operativo sancionaron a un joven, por cometer la más absurda de las infracciones: comprar y comerse en la calle una empanada.

Por cuenta de la casaca confeccionada en algún material parecido al fomi, se diluyó la confirmación o negación del presidente Donald Trump sobre el envío de 5 mil tropas norteamericanas a Colombia, y del eventual visto bueno de su homólogo Iván Duque, a tal aventura militar para “liberar a Venezuela”. La atención mediática se centró en la conversión de un escenario del poder mundial, en una pasarela de señoras para lucir espléndidas o ridículas vestimentas.

A su turno, el grupo de patrulleros hizo gala de efectividad, no mostrada contra la delincuencia en las calles bogotanas, montando un cerco implacable contra un imberbe consumidor de fritos, con quien se estrenaron la interpretación de un artículo del controvertido Código Nacional de Policía, imponiéndole una multa de $ 850.000, que pasará a la historia como la empanada más cara del mundo.

Tales episodios nutrieron la creatividad de productores de memes, videos y gif, con los que ahora también se hace sanción social a través de las redes, y no faltó quien los conjugara, vistiendo una empanada con la chaqueta verde, logrando una simbólica caricatura de la vida nacional reflejada en esas noticias.

Más allá de la sorna, queda un sinsabor sobre lo que hacemos para proyectar nuestra imagen como sociedad: por un lado la extravagancia en el protocolo del poder y por el otro las demostraciones de minúsculos ejercicios de autoridad en medio de una generalizada impunidad frente a grandes crímenes.

El episodio de la casaca verde es pintoresco, pero por el de las empanadas hay pánico gastronómico colectivo. En todo el país, especialmente en el Caribe, consumir fritos calientes frente a una mesa de barrio es una tradición sociocultural, nunca antes asociada a una infracción policiva.

Ambos hechos alimentan el imaginario, universalmente extendido, de que Macondo no surgió de la fantástica mente creativa de Gabo, sino que este relató episodios de la cotidianidad colombiana, que se siguen repitiendo en el tiempo, ahora con chaquetas y empanadas.

*Asesor en comunicaciones.

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