Columna


Clasismo

MARÍA CAROLINA CÁRDENAS

06 de agosto de 2022 12:00 AM

Desde hace mucho he venido reflexionando sobre algunas dinámicas sociales y económicas que viví en mi infancia, por demás extrañas.

Crecí en Barrancabermeja, un pueblo ribereño reconocido por ser protagonista de cientos de titulares sangrientos y epicentro de acciones tan violentas como perturbadoras. Una comunidad marcada profundamente por la industria petrolera, la cual siempre animó y esperanzó a sus habitantes nativos a un gran crecimiento; pero que en realidad resultó saqueada, violentada y durante muchos años olvidada.

Sucedía que en los años noventa parecía que la subsistencia del entonces municipio dependía completamente de la empresa Ecopetrol.

La gran mayoría de sus empleados eran foráneos, venidos de otras regiones con la promesa de las grandes prebendas. Sin embargo, prontamente advertí que cada uno de nosotros tenía un lugar en una rígida estructura social.

Descubrí que al colegio en el que cursé mi primaria solo podían acceder los hijos de los trabajadores de dicha empresa, pero que además era para nosotros, los hijos de los “lungos ”, los de “base”, los hijos de los “obreros”; porque también existía otro colegio al cual no podía asistir porque era solo para los hijos de los “directivos”; y ¡claro!, existían otros públicos y privados para los no hijos de “petrolero”. La recreación estaba también organizada, el club infantas para las familias de los obreros, el Miramar para los directivos y ¿quién sabe cuáles? para los habitantes no vinculados con Ecopetrol.

No quiero con esto que sientan que ataco despiadadamente la forma en que la empresa trajo bienestar a sus trabajadores; pero es innegable para mi sentir, que desde muy pequeños somos asignados a alguna especie o clase de personas que a consecuencia genera formas de interacción particulares, distantes de la cooperación o colaboración entre seres humanos.

Y ¿tu papá es lungo o directivo?, fue pregunta recurrente en mi infancia, y cuya respuesta condicionaba cuál iba a ser su relación conmigo. ¿Podríamos ser amigos sino podíamos acceder a la misma piscina? ¿Podríamos ser amigos si yo no podía entrar a su casa? ¿porque vivía junto a la refinería y el acceso era restringido?

Sin olvidar los señalamientos que recibí por hijos de no empleados de la empresa: “Su papá no tiene que pagar su colegio, su salud, todo se lo regalan”.

Todo indicaba que en ese lugar yo pertenecía a una clase: a la clase trabajadora.

*Abogada con especialización en Derecho Constitucional

y magíster en Derecho con énfasis en Derecho

Empresarial y Contractual.

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