Columna


Códigos y leyes

CARMELO DUEÑAS CASTELL

27 de octubre de 2021 12:00 AM

Hace casi 4.000 años, Hammurabi expandió el imperio babilónico. Hoy solo es recordado por su famoso código, cuya única evidencia es una hermosa piedra de diorita, negra, cilíndrica, de casi 2 metros y medio de alto. Arriba Hammurabi recibe respetuosamente de Samas, dios del sol y la justicia, las leyes sagradas. Abajo, hay 282 leyes escritas en caracteres cuneiformes. Su código fue seguido por siglos. Reglas concretas con claros castigos para cada infracción que hoy se ven exageradas. El código establece principios de justicia asumidos como eternos por ser dictados divinos. Sin embargo, el código dividía los seres humanos en tres clases: superiores, plebeyos y esclavos. Las infracciones y castigos eran diferentes. Así, “la vida de una plebeya vale 30 siclos de plata, mientras que el ojo de un plebeyo vale 60 siclos de plata”.

El 18 de Brumario del año VIII (9 de noviembre de 1799) un golpe de estado llevó a un militar al poder supremo. El pequeño corso incendió y transformó la historia y geografía de Europa a punta de fusil y sangre. Pero además escribió, no en piedra como Hammurabi sino en el indeleble papel de la historia, su Código Napoleónico. Él reconoció que “mi verdadera gloria no está en haber ganado cuarenta batallas... lo que no será borrado, lo que vivirá eternamente, es mi Código Civil”. Napoleón no participó en la redacción, pero su empuje vital permitió que en solo cuatro meses se presentara un borrador a las Cortes, se revisara por el Consejo de Estado, presidido por el mismo, lo aprobara el parlamento y entrara en vigencia. El preámbulo resume que en los estados despóticos hay más jueces y verdugos que leyes mientras en donde los ciudadanos tienen bienes y derechos es necesario cierto número de leyes. Su código: amalgamó leyes surgidas de la revolución con otras que le dieron estabilidad jurídica, legal y social a Francia; acabó de un plumazo con el antiguo régimen, la arcaica división social, privilegios de clase y erradicó para siempre el sistema feudal imperante por siglos; sentó las bases de los derechos humanos, la libertad individual, de conciencia y de trabajo; estableció el carácter laico del Estado. Le dio poder y vida a las tres palabras claves de la revolución, libertad, igualdad, fraternidad; separó los tres poderes; y una larga lista de etcéteras que hoy son parte del pensamiento occidental. Lamentablemente tenía imperfecciones como la desigualdad de género. Hoy cuando permitimos que los 380 artículos de nuestra Constitución sean muchas veces letra muerta, promovemos que la intolerancia, las perversas inequidades sociales y la injusticia galopante se conviertan en jueces y verdugos violentos de un código retrógrado.

*Profesor Universidad de Cartagena.

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