Columna


Colecciona diccionarios

Nadie regala escaleras ni jirafas. Tampoco diccionarios, “ese libro que no solo lo sabe todo sino que nunca se equivoca”, según García Márquez.

ÓSCAR DOMÍNGUEZ G.

26 de enero de 2019 12:00 AM

Cuando los antepasados libaneses de Juan Gossain Abdala llegaron a San Bernardo del Viento, Córdoba, no sabían español. En poética y tardía venganza, el vástago que llegó al Everest de sus primeros setenta años, ocuparía muelle hamaca como vaca sagrada en la Academia Colombiana de la Lengua.

Ingresó de una forma insólita, al alimón, en compañía de Daniel Samper Pizano. Entre los dos convirtieron el severo y apergaminado recinto en tremenda parranda vallenata para estupor de sus mortales e inmortales colegas.

Como el padre de Gossain se impuso la tarea de aprenderse de memoria el diccionario, la tía Saide vaticinó que cuando llegara a la letra C estaría loco.

Felizmente, la pitonisa se equivocó y su sobrino ascendería a contabilista y coleccionista de diccionarios que devora con la lujuria de quien lee novelas porno.

No importa que tenga una voz como para guardar eterno voto de silencio. Así y todo fue director de RCN durante 26 años. Allí impuso esta jurisprudencia-retruécano: Talento sí, pero con disciplina; disciplina sí, pero con talento.

Supe de su batería de diccionarios cuando iba en 149 porque el 150 se lo robaron de su refugio frente al mar de Cartagena.

A su juicio, el mar es el mejor invento de Dios. Claro, después de su mujer, Margot, su crítica implacable y justa.

Al contrario de lo ocurrido con la Custodia de Badillo, en su caso no hubo ladrón honrado. Ojalá no le hayan robado el que le regalé, “Voces fatigadas”, del caldense Álvaro Marín, quien decidió convertir en libro palabras sobre las cuales empieza a caer el alzhéimer del tiempo.

“Al diccionario hay que leerlo como se lee una novela, no como un vademécum de consultas para tomarse un jarabe”, me dijo una vez el cronista, periodista y fabulista de San Bernardo, cuya sola evocación le alborota la bilirrubina nostálgica.

De allí viene su primer recuerdo: “Un pájaro que canta en la ventana de mi casa”.

En su terruño empezó a juntar vocales y consonantes de la mano del profesor Canabal, que lo introdujo en la lectura del “Best Seller” eterno: La Alegría de leer.

El nuevo setentón prefiere releer los libros que lo marcaron, como El viejo y el mar, de Hemingway, que le habría encantado escribir. Ahora, libros que no lee o relee, los escribe, porque su imaginación no tira la toalla.

Nadie regala escaleras ni jirafas. Tampoco diccionarios, “ese libro que no solo lo sabe todo sino que nunca se equivoca”, según García Márquez.

Gossain ama los diccionarios como a sus zapatos viejos. Tanto que le gustaría reencontrarse con el amigo que le enseñó a buscar palabras en el Larousse: su taita Juan.

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