Comercio y discriminación

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Hacía algún tiempo no tenía la sensación extraña que sentí en Alemania cuando estudiaba. Allí, por ley, una vez al año, los miembros de un grupo de investigación deben salir del laboratorio a un lugar de recreación en un día laboral. Recuerdo que la directora escogió un parque nacional. Aquel verano el calor era fuerte y luego de caminar fui a una tienda a comprar agua. El tendero, apenas me vio, salió despavorido y se escondió. Mis compañeros tuvieron que socorrerme. 

Guardando las proporciones, hace poco me pasó algo similar. Al final de una tarde de mayo, pasando por el Centro, me llamó la atención una camisa estampada de Soloio y entré al almacén. Apenas la joven me vio, hizo lo mismo que aquel alemán: se fue para la parte de atrás del negocio.     

Reconozco, a mucho orgullo, que soy indio de los puros del Sinú, cholo, pelo largo y chiquitín, y aunque no como babillas, sí me fascina el bocachico. Pero acaso por no ser chapetón, no tengo el derecho a que se me acerquen en un almacén y me pregunten: “¿puedo ayudarle señor? Por favor, no dude en avisarme si necesita algo. Estoy para servirle”. 

Hace poco, mientras Riama, una familiar, miraba los collares en Seven Seven, una de las vendedoras casi la empujaba mientras arreglaba a su lado de forma desesperada dichos accesorios, con visión láser sobre las manos de la compradora. Aunque Riama se quejó ante la cajera, la respuesta fue esquiva y superficial, en ningún momento hubo disculpa.

Esto es más frecuente de lo que pensamos, pero casi no lo notamos. Visitemos Éxito, Falabella, Olímpica, para no ir lejos, y allí los porteros, sin mediar palabra, cierran las bolsas de los compradores, supongo, anticipándose al delito. A la salida debemos mostrar el recibo de compra. Y nos hemos acostumbrado a que nos traten mal, a que nos miren con desprecio, muchas veces, como vulgares ladrones.

Es inútil saber qué espantó a la joven de Soloio, pero en los supermercados, el comportamiento de los vigilantes quizá está relacionado con los robos continuos. Independiente de la causa, y del derecho de las empresas a usar diversas estrategias de seguridad, el atropello como clientes y personas es inminente.

Esto debe cambiar, contaminan la convivencia en una ciudad harta de discriminación y desigualdad. Todos, no solo los extranjeros, deben ser respetados, y cualquier indígena, afroamericano, mestizo, oriental, calabacito alumbrador, o lo que sea, tiene derecho a ser atendido y respetado. No por ser clientes, sino por lo fundamental, haber sido paridos por organismos de la misma especie.

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