Compremos libros

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Si los amigos de quienes escribimos supieran la odisea que significa publicar un libro, dudarían en pedirlo regalado. Ellos compran libros de autores que tal vez nunca conocerán, pero piensan que el tuyo debe regalarse. Incluso, desde antes de que el libro se materialice, la primera frase de aliento que te dan es, “me guardas el mío”. Y ese “me guardas” invariablemente significa un “regálame”.

Cuando el libro está hecho, y si la redacción resultó sabrosa, tu amigo lector se imaginará que cualquier día te levantaste con ganas de escribir, te sentaste al computador y las palabras te surgieron imparables hasta la última página.

A lo mejor también intuye que te pusiste el manuscrito en el sobaco, se lo llevaste a una editorial y enseguida te lo imprimieron y promocionaron por obra y gracia de Júpiter.

Nada más impreciso. Si eres autor independiente, lo más probable es que debas hacer un trabajo de campo sustentado únicamente por tu propio bolsillo y peleando para arrancarle pedacitos de espacio al tiempo que normalmente dedicas a tus actividades de subsistencia.

En virtud de eso, y cuando aparentemente tu trabajo de campo está completo, te toca seguir raponeándole ñisquitas al tiempo, para ir montando los párrafos que se puedan, hasta completar cada capítulo.

Cuando el trabajo está supuestamente terminado, hay que buscar otros ojos (más sabios y pocas veces gratis) que lo revisen, lo que incluye la posibilidad de que aparezcan defectos que obliguen a emprender otras pesquisas; y por ende, borrar y reescribir lo que se había hecho y se creía finiquitado.

Y ahora sí parece que el asunto quedó impoluto. Pero viene el cuento de la publicación: ninguna editorial (ni independiente ni prestigiosa) se interesa en tu trabajo, aunque sea bueno. Toca entonces buscar la plata por donde sea. Y ese “por donde sea” es el nombre que le pones a tus precarios ingresos, al préstamo que te hacen la entidades financieras o al apoyo que milagrosamente podrían darte el Estado o la empresa privada.

Ya imprimiste el libro con un número de unidades que no sean tan caras. Ahora hay que montarlo en las redes sociales y aprovechar la generosidad de los colegas periodistas para publicitarlo.

Entonces, planeas el lanzamiento, ojalá en un sitio de prestancia cultural. Ese día tus amigos se acercarán a la mesa de exhibición, acariciarán el libro, lo mirarán por todos lados, preguntarán cuánto vale, “en cuánto me lo dejan”, “¿me lo llevo y después lo pago?”.

En mis épocas de estudiante, como siempre andaba con el bolsillo flaco, me conformaba con mirar de lejos cómo brillaban los libros recién editados, pero jamás me atreví a pedirlos regalados. Y en cuanto edité mi primer libro, me propuse que de ahí en adelante debía comprar los libros de mis colegas; y mucho más si eran ediciones independientes. Es que ya sé por dónde le entra el agua al coco.

*Periodista

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