Columna


Comprender los homicidios

PABLO ABITBOL

23 de septiembre de 2022 12:00 AM

Cartagena sufre una creciente epidemia de homicidios, en su mayor parte cometidos por sicarios, en el marco de lo que parece ser una tendencia no solo nacional, sino también de América Latina. Esto indica que esta ola de violencia homicida no obedece simplemente a fallas de gobierno locales, sino a la exacerbación coyuntural de una interacción compleja de factores estructurales.

Las medidas de confinamiento adoptadas por casi dos años para contener la pandemia produjeron una fuerte disminución de la producción y del comercio en un contexto de profundas desigualdades y vulnerabilidades económicas que desde hace décadas afectan a muy amplias capas de la población.

El medio más natural al que tuvo que recurrir la gente para adaptarse a dicha crisis es el de la informalidad: un ámbito legítimo de vida para muchas personas, pero cruelmente estigmatizado por un Estado capturado por la ideología excluyente de unas élites extractivistas.

Ante la recalcitrante política estatal de empujar a las personas hacia una costosa formalidad que solo favorece a los grandes intereses financieros (en vez de incentivar la formalización ofreciendo menores costos de transacción), dicho ámbito es fácilmente capturado por mafias que han adquirido enorme poder en el marco de la trágicamente fallida guerra contra las drogas, así como por la negligencia intencional en la implementación del acuerdo de paz. Así, una coyuntura crítica interactúa con estructuras históricas para producir una tragedia social.

La inseguridad producida en la ciudadanía por una ola de homicidios acarrea el riesgo de que los gobiernos locales adopten medidas represivas que tan solo sirven para alejar aún más del horizonte el cambio más importante que en realidad requiere la sociedad civil: una profunda transformación cultural, organizacional y estratégica de la fuerza pública.

La verdadera responsabilidad de los gobiernos locales ante esta ola de homicidios es producir la información y el conocimiento adecuados para generar una comprensión pública de la violencia y la criminalidad.

Aunque para ello es necesario avanzar urgentemente en la sistematización de mejores estadísticas, los datos cuantitativos son insuficientes y pueden distorsionar la comprensión de los homicidios. Se requiere además una estrategia de análisis cualitativo y etnográfico de la violencia que permita ver con mayor claridad tanto sus patrones, como sus matices y variaciones.

Hay que poner una mirada empática y comprensiva sobre las víctimas, y los victimarios, de esta tragedia.

Las opiniones aquí expresadas no comprometen a la UTB ni a sus directivos.

*Profesor del Programa de Ciencia Política y RR. II., UTB.

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