Congreso liberal, ¡ya!

09 de junio de 2009 12:00 AM

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La política antaño era ejercida por damas y caballeros; hacían de cada acto suyo un ejemplo para la opinión pública, y del ejercicio de la política un acto decoroso y noble por demás. Claro que el que hoy no se vea de a mucho, no significa que no se añore; y es que hay quienes consideramos que proceder en consecuencia con nuestros actos, o sea, esos modales a veces pomposos pero pertinentes de antaño, son parte de lo imprescindible para enaltecer el oficio de la política. La responsabilidad en la política hacía parte de esa tan evocada galantería. Si un personaje público, cualquiera y en la instancia que fuera, se equivocaba en su proceder o en sus orientaciones, o si no mostraba resultados a pesar del empeño que le pusiera a una tarea, renunciaba. No salía a excusarse, ni mucho menos con demagogia alguna a tergiversar lo obvio para quedarse. La gente le reconocía su esfuerzo, y hasta uno que otro le pedía que se quedara, pero él, con esa dignidad que hoy tanta falta hace, se hacía a un lado para dar paso a nuevos aires. Esta semana la Dirección Nacional Liberal ha recibido un enésimo llamado de atención de la gente del común, y lo que es más categórico, del 80% de los liberales (¿o es que acaso esa casa no es de y para ellos?), diciendo que están por fuera de la lógica y los planes y metas, si es que las hay, que allí subyacen. Siempre he defendido que el liderazgo no sigue la opinión, sino que la crea o en su defecto la moldea; pero de allí a no tenerla en cuenta hay mucho trecho. Un solo ejemplo: todos los precandidatos liberales no suman el 8% de Carlos Gaviria, que hasta la semana pasada anunció su candidatura. Ese solo hecho debe provocar movimientos de dignidad en la casa Liberal. Las últimas tres elecciones han sido conducidas para el liberalismo por el Ex presidente Cesar Gaviria con gran empeño, las de Congreso y presidencial de 2006 y las locales de 2007, pero han sido un descalabro tras otro. Hoy como hace un año aquí en El Universal, traigo a colación a Otto Morales Benítez quién escribió: “Los partidos no pueden ser capillas cerradas. Al contrario, lo que anhelan es tener adherentes y que sean numerosos. Con una opinión robusta, logran aglutinar la voluntad cívica. Su tendencia es dar soluciones. Crean, también, ilusiones. Mantienen a la comunidad en vigilia. Ofrecen rutas para lo inmediato e igualmente para el futuro. Manejan lo actual y dejan luces encendidas para el porvenir. (…;) El mundo de la política lo gobierna la ensoñación”. Y dije a continuación: “El Partido Liberal de hoy contraviene y quebranta todo eso. El de hoy es una capilla cerrada, orientada por una jefatura cuya homilía se da frente a un auditorio vacio, exponiendo su debilidad”. No sé desde cuando las jefaturas se convirtieron en sinónimo de testarudez y obcecación, pero debemos regresar a aquellos tiempos en los que la responsabilidad política y el decoro personal primaban por encima del ego y la obstinación. Es necesario que la dirigencia del liberalismo de un paso a un lado, posponga la escogencia del candidato, y convoque al Congreso Nacional Liberal, para que él como máxima instancia del liberalismo pueda replantear su posición frente al Gobierno y reorientar su accionar político. bfzr_14@hotmail.com

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