Contar lo que es

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Que sea la profesión más hermosa del mundo el periodismo, no deja de ser una “mamadera de gallo” más, de esas que Gabriel García Márquez solía lanzar al filo de la medianoche o en las madrugadas de perdulario de los bebederos aledaños a la sala de redacción de El Universal, el periódico liberal de Cartagena de Indias en el que, de novel redactor, empezaría su carrera de novelista quien, con el correr de los tiempos, acabaría de Premio Nobel de Literatura.

Y es que a la gente le queda difícil, a unas más que a otras, hacer de esta profesión algo realmente bello, real, verdadero, ético, y no cuanto su auténtica vocación lo lleva en realidad a hacer cuando tal no acierta con el destinatario ni con sus destrezas y habilidades.

Y, además, el oficio, medio y contexto en el que lo desarrolla y ejerce, lo dispone y predispone a lo banal, superfluo, trivial, intrascendente, falso, postizo, en contraposición y desmedro de la belleza de lo real que, para el caso del periodismo, es la verdad, y no necesita inventarse ni falsearse, simplemente contar lo que es.

Alterarla y transmutarla en fake news, la portentosa y devastadora “verdad” reinante en la fase superior del periodismo global, cuyo fin último es la deconstrucción de la realidad y, en su reemplazo, “construir” nuevas narrativas conforme las brújulas del poder, las dinámicas ideológicas y políticas, lo orientan y disponen en la dirección que conviene y justifica sus intereses.

Es ahí, en ese escenario, a mi juicio, en el que aparece el redactor estrella, cuyos textos “pueden ser ficticios”, inventados, y para nada una verdad verdadera que cuente lo que es, y no lo que imagina y fabrica el redactor, cronista o reportero, convertido en “constructor”; en el “inventor” de una historia, de un hecho o suceso, construido y fabricado a la medida de su imaginación y de los intereses que sirve desde esa plataforma de poder que son los periódicos y medios en su fase superior, el periodismo digital, las redes, plataformas virtuales y las rotativas.

Así, a través de un periodismo carente de objetividad e imparcialidad, sin ningún recato ni control ético y legal alguno, es como los centros de poder global edifican e imponen sus “verdades absolutas” y las propagan para el consumo masivo en el ámbito geopolítico, económico, militar, científico, tecnológico y cultural.

Un periodismo en el que la verdad no es que se confunda con la mentira, es que cuanto se hace conlleva en su concepción la mentira como cimiento de la que se ha concebido y difundirá como la verdad verdadera sin más.

Para corroborarlo, leer “El escándalo “Der Spiegel”: paren la rotativa, todo es mentira”, Ana Carbajosa, El País, de España, febrero 17 de 2019, sobre “el gran escándalo periodístico que ha sacudido los cimientos de la prensa alemana”.

*Poeta

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