Cristian Camilo

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24 años de edad. Lleno de vida, lleno de sueños, lleno de esperanza. Cristian Camilo, estudió medicina porque quería solucionar los problemas de salud de su pueblo natal: San Bernardo del Viento en Córdoba.

Dejó a su madre y a toda su familia para ir lejos a hacer su rural, como nos toca a casi todos los profesionales de la salud. Justamente cuando iba a reencontrarse con su madre para celebrar su día, resultó ser una víctima más de la violencia despiadada que nos agobia desde hace más de 50 años. Si, tan joven y terminó siendo víctima de un asesinato a tiros a la soledad de las siete de la mañana del Bagre, Antioquia.

Esto no es primera vez que pasa. La historia de Cristian es una de las muchas historias de violencia contra la misión médica. Historias que se quedan en el anonimato o no pasan de ser sino anécdotas de una mala noche. El personal de salud es atacado, vilipendiado y mancillado por quien le dé la gana. En urgencias, salas de parto, hospitalización y en cualquier otro servicio, los usuarios se atribuyen el derecho de recorrer pasillos y salas de espera insultando y atacando.

Claro que sabemos que la salud hace mucho está en crisis. Que es una odisea encontrar una cama en alguna unidad de cuidados Intensivos, que las urgencias no tienen a veces ni solución para lavar una herida, que a la gente le dan el paseo de la muerte porque las clínicas parecen la casa de Tavín del gran combo: ¡No hay cama pa´ tanta gente! Pero no es nuestra culpa. Nos pagan mal o no nos pagan, abusan de nosotros con turnos excesivos y como si aún fuera poco, hay que aguantarse los malos tratos.

Muy a pesar de que no hay certeza aún de la causa real de su asesinato, lo claro es que Cristian no merecía morir así. Su misión debía respetarse y por ley el Estado tenía obligaciones para resguardar a su misión. No nos engañemos. Es mentira que las cosas malas no suceden a los médicos y personal de salud. Nosotros también morimos, pero lo inadmisible es que sea por causa de hechos violentos que atenten contra a dignidad y contra las disposiciones que por ley nos cobijan.

Ojalá la muerte de Cristian no quede impune. Que sirva para seguir reconociendo que nos encontramos en un país en el que derramar sangre es normal y ya no asusta. Que seguimos desconcertados ante las lógicas normalizadas de guerra y muerte, que ya ni a la misión médica se respeta. Adiós a nuestro compañero y colega. Su muerte no fue en vano, nos corresponde seguir y hacer lo posible porque cada día, su muerte no sea en vano.

¡SOS Misión médica!

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