Criticar o proponer

13 de abril de 2010 12:00 AM

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Colombia es un país sobrediagnosticado: nos hemos pasado meses, años y siglos dándonos látigo porque somos corruptos, violentos, flojos y pícaros. Cuando observamos los fenómenos sociales, nos hemos especializado en criticar a aquellos que, para bien o para mal, han ejecutado proyectos, o han cumplido las tareas que la sociedad demanda. ¡Claro! Es un gran paso analizar, desbaratar y deconstruir la realidad, para edificar el desarrollo. Pero es lamentable que ese espíritu crítico acabe deprimiendo colectivamente a un pueblo. En Colombia todo el mundo se queja, pero nadie hace nada por remediarlo. Nos pasamos la vida contemplando el vaso medio vacío, sin ver la mitad que está medianamente llena. Somos iconoclastas: nada nos hace felices, todo está mal, somos ineptos para transformar la sociedad. Si es verdad que nada sirve, ¿por qué no nos preguntamos cómo organizar “la cosa” mejor? No podemos seguir promoviendo un sentimiento de fatalidad que paralice nuestro caudal inteligente. Estamos acostumbrados a ver sólo “la paja en el ojo ajeno”, sin asumir nuestras propias responsabilidades. Por esa razón, la apatía se apodera de la sociedad. Nadie quiere ejercer la veeduría a las acciones de los gobernantes, una de las formas más directas de expresión democrática. La Ley 563 de 2000 nos faculta a todos los ciudadanos, a ejercer vigilancia sobre el proceso de gestión pública frente a las autoridades. Pero, ¿cuántas personas usan este derecho? Pareciera más sencillo murmurar que proceder. Como decía Fabio Velásquez, autor del estudio, “La Veeduría Ciudadana en Colombia: Nuevas Relaciones entre el Estado y la Sociedad Civil”: “El control social de la gestión pública es una modalidad de acción colectiva. Es un esfuerzo racional de un grupo de personas que buscan metas colectivas a través de una conducta cooperativa.” Así, los veedores ciudadanos deben transformar el destino común de un pueblo. Según lo afirma Velásquez, las veedurías municipales deberían ser significativas en Cali, Medellín y Cartagena, donde hay un sentido de identidad fuerte, de pertenencia a su terruño. En cambio, en Bogotá, “ciudad de todos y de nadie”, la experiencia no ha sido tan exitosa. Tenemos el deber de participar e intervenir en los asuntos particulares: el aseo de mi casa, de la calle, del barrio, hacer una tarea en la iglesia, ir a las juntas administradoras locales, donar tiempo a organizaciones de asistencia social, vigilar los usos de los servicios públicos. Aún tenemos margen para actuar, así que no digamos más: “Estamos llevados, marica”, “este país ya no tiene componte”. Busquemos el apoyo de las universidades, los partidos, las Iglesias y los medios de comunicación para erradicar dos males de nuestra sociedad: el “nomeimportismo” y el “sacaculismo”. No permitamos más que en cada contrato del sector público impere la ley del, “¿cómo voy yo”? Recuerde que la clave para proponer una crítica constructiva es participar, en todos los organismos vivos del planeta, que van desde la vida en familia, hasta la preservación del ambiente. Recuerde que Usted también tiene un papel definitivo en la tarea de construir un mundo más sano, propicio para todos. *Directora de Comunicación Social de Unicartagena saramarcelabozzi@hotmail.com

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