Columna


Crónicas de COVID

CARMELO DUEÑAS CASTELL

CARMELO DUEÑAS CASTELL

03 de junio de 2020 12:15 AM

Vegetó siempre con el pasado en deuda, el mañana empeñado y pagando el precio más caro por cada día vivido: soportar al último de sus maridos que le cobraba, con golpes y sádico placer, los pocos pesos con que la mantenía. Así, entre palos y dolores, alcanzó a ahorrar casi centavos por día.

Sabía que tenía buena sazón. Se lo decían los olores de la infancia acumulados en el alma y los aromas de los miles de afrechos adheridos a la nariz para que su abuela hiciera el mejor cucayo del universo el cual, tercamente pegado al caldero, se convertía en trofeo de batalla para la recua de primos. En los dedos, escondido entre las uñas, tenía ese inevitable almizcle de millones de sofritos que, indistintamente, echaba en carnes, arroces o para teñir su máxima obra de arte, el albino mote de queso.

Luego de años de indecisión y obligada por familiares y amigos, degustadores de su arte, empeñó hasta el alma e inició el negocio de su vida, un pequeño restaurante cumpliendo, sin saberlo, la consigna de Víctor Hugo: “No hay nada como un sueño para crear el futuro”.

Cocinaba lo que rendía: arroces blancos de manteca, ajo y cebolla, con rastrojos de carne o pescado; ocasionalmente sancochos que, con un cucharón más de agua, multiplicaba la utilidad cuando el negocio estaba lleno o el bolsillo vacío. Su fama trascendió los linderos del barrio, los clientes se abarrotaban frente al mostrador. El trabajo, la independencia y el billete le permitieron echar al opresor marido.

Y entonces, cuando ya creía asegurada su existencia, apareció la tragedia. Primero fue un chisme. Pero se hizo realidad cuando vio en televisión al enemigo de malandrines. Por una puerta entró el virus y por la misma salieron sus clientes llevándose sus sueños. La solitaria calle y la falta de comensales hicieron trizas su precaria economía. Impotencia y rabia sazonaron su fracaso y el estigma con que el país los condenaba. Además de pobres y abandonados eran culpables. Mientras su barrio era convertido en gueto por la otra Cartagena y el disoluto país, sus alimentos podridos se mezclaban con las ayudas y mercados inexistentes, las sempiternas promesas estatales incumplidas para confinar su negocio y su futuro. Cuando su hermana quedó sin trabajo por culpa de la pandemia debió aceptar, a la callada, los fajos de billetes de malsana procedencia que su joven hijo y su hermosa hija dejaban al alba al pie de la cama, con la velada intención de comprar, además de su perdón, sus consciencias culpables. Así las cosas, ella sabía que ya no estaba para dar consejos ni regaños y que ellos tampoco tenían disposición para recibirlos. El ocaso es la parte más difícil del día cuando ya ni existe la esperanza de un nuevo amanecer. Pero ella, terca al fin, se prepara para reinventarse sin saberse seguidora de Goethe; “en todo es mejor la esperanza que la desesperación”.

*Profesor Universidad de Cartagena.

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