Cuarentena

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Hace 4.000 años se dictaron las primeras medidas de aislamiento contra alguna enfermedad. Luego fue la peste, esa pandemia que acabó con la mitad de Europa, hace casi 700 años, y que obligó al aislamiento de pueblos y ciudades enteras dentro de las murallas de un feudalismo soterrado y perverso. La poderosa Venecia se vio amenazada y una de las primeras medidas fue aislar, durante 40 días, a toda nave que llegara a puerto. En teoría, esa cuarentena demostraría si la tripulación estaba o no infectada y garantizaría su acceso seguro a la ciudad. Y en medio de esa época atroz, de aislamiento comunitario e individual, al igual que hoy, algunos hicieron nada con sus vidas, otros, con más ingenio que pánico crearon arte y ciencia. Uno de ellos escribió sobre siete mujeres y tres hombres, abocados a pasar “la mayor parte del tiempo confinados en la pequeñez de sus alcobas”. Ellos decidieron abandonar la pestilente Florencia y esconderse en una hermosa villa. Organizaron una deliciosa rutina que amainaba el rigor del aislamiento con deliciosas viandas, bebidas espirituosas que, más temprano que tarde y, bajo el cielo de Toscana, los llevó a cada uno a contar una historia cada día. Historias de lo divino y lo humano. Cuentos fantásticos que, aún hoy, son la delicia del mundo que abre las hojas de “El Decamerón” de un Boccaccio enloquecido e inspirado en la soledad de su propia cuarentena.

Como entonces, hoy la pandemia ha desnudado la fragilidad del ser humano, su mezquindad, su bondad, su egoísmo, su altruismo y sacrificio.

En un futuro cercano, todos, como individuos y como sociedad enfrentaremos el juicio de la historia, por lo que hicimos o dejamos de hacer ante un enemigo tan pequeño, invisible y a la vez tan poderoso. Pero la humanidad será mucho menos magnánima en su juicio con aquellos obcecados líderes que antepusieron mezquinos intereses y absurdas teorías al bienestar de sus gobernados.

Las medidas de prevención, contención, mitigación, confinamiento y supresión confirman en todo el mundo su eficacia sanitaria e histórica. Un punto diferente, y necesario de evaluar, es su impacto económico. Economistas, políticos, empresarios, médicos y salubristas se baten tasando el precio y costo de una vida para justificar la ruina de una sociedad. Entre tanto todos (gobernantes, EPS, IPS) deberíamos aprovechar ese precioso tiempo, esa ventana de oportunidad ganada en días al derribar, parcialmente, y prorrogar, temporalmente, el pico epidemiológico para mejorar nuestra desvalida e ineficiente red de salud, garantizar la protección al personal de salud, reconocer su vital importancia y evaluar cómo vamos a conseguir y capacitar el recurso humano adicional que va a manejar las camas, va a manipular los ventiladores y va a cuidar a los enfermos más críticos en las UCI que aún no existen.

* Profesor Universidad de Cartagena.

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