Columna


De arte público

FRANCISCO LEQUERICA

24 de febrero de 2024 12:00 AM

Para paliar los estragos de la Gran Depresión estadounidense de inicios de los años 1930, el presidente Roosevelt lanzó el ambicioso ‘New Deal’ con un programa integral de becas, créditos e inversión estatal. El desempleo constreñía a más de una cuarta parte de la ciudadanía a la miseria, mientras se multiplicaban las bancarrotas y las evicciones. La sequía de El Niño y las tormentas de polvo del ‘Dust Bowl’ arrasaban con territorios enteros, dañando cosechas y provocando importantes desplazamientos poblacionales. Los gángsters dominaban la vida pública en las urbes, mientras la segregación domeñaba el sur. El ánimo del país se desmoronaba mientras el cine y el jazz florecían desde lo más recóndito de sus vísceras.

El administrador Harry Hopkins argumentó ante Roosevelt que el artista merece ayuda como cualquier trabajador, incitando a establecer el ‘Federal Project N° 1’, el ‘Public Works of Art Project’ y sus sucesores. Así, miles de artistas plásticos, fotógrafos, músicos, actores, escritores, dramaturgos y demás fueron contratados, para realizar una abrumadora multitud de obras públicas en todas las disciplinas artísticas. Si bien se privilegió un Arte Accesible, reflejando los valores vigentes en la sociedad de entonces, maestros de la abstracción como Rothko o Pollock también resultaron beneficiados. Por primera vez, mujeres y afroamericanos tuvieron amplia ocasión de participar en la narrativa naciente de un Arte Público. Aunque el proyecto fue frenado por la II Guerra Mundial, habiéndose resuelto ya la crisis, para entonces EE.UU. se había posicionado como polo cultural, económico y político del planeta, lo cual probablemente no hubiera sido posible sin los diversos programas del ‘New Deal’.

Al comparar las condiciones de aquel país durante la Gran Depresión con las nuestras en el presente, salta a la vista más que una afinidad fortuita. La gran diferencia es que, en Colombia, el concepto de Arte público no ha sido prioridad para ningún gobierno. El modelo manejado por las administraciones para financiar el Arte es la convocatoria, a menudo repartida de modo objetable, pues muchas de sus condiciones son excluyentes y suscitan inquinas dentro de los gremios. Al artista se le obliga a participar en una dinámica de concurso, donde la evaluación por pares despierta más ansia que sosiego y nutre yermas rivalidades. No hay aquí tal profusión de artistas que justifique la práctica de excluir a unos por premiar, a veces con desproporción, a otros. Esa iniciativa del ‘New Deal’ es ejemplo idóneo para Colombia, pues no sólo es posible, sino imperioso asegurar la empleabilidad de toda la comunidad artística, sin excepciones. Además, el Arte Público fortalecería a un país que tanto adolece de unidad y de utilidad identitaria ante sí mismo y ante el mundo.

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