Defensas contra el calor

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El miércoles 24 de junio, a las 2:27 de la tarde, el mayor generador térmico de Colombia sufrió un daño que dejó sin electricidad a cinco departamentos de la región Caribe. Casi siete millones de personas quedaron sin luz. Fue un apagón repentino con un radio de acción tan amplio que habría podido verse desde el espacio exterior si hubiese ocurrido durante la noche. En un mismo instante, coordinado por la música de la calamidad, se detuvo todo cuanto era alimentado por un enchufe. Los abanicos cesaron el giro de sus aspas. Las neveras callaron en las cocinas. Los televisores cortaron de un tajo a la presentadora de las noticias. Sólo el radio de baterías sacó provecho de aquel daño y levantó su antena como el asta de una bandera que proclamaba, de nuevo, su reinado en las tierras domésticas.

En ese momento, cuando gran parte del Caribe colombiano se sumió en un silencio original, las personas afectadas pensaron en su enemigo más antiguo: el calor. Salvo algunos municipios donde el cielo anunciaba una tarde fría y lluviosa, la temperatura de las demás poblaciones oscilaba entre los 34 y los 39 grados Celsius. Era el calor que tumbaba ancianos en los asilos, que ablandaba las botas de los soldados del Ejército en las carreteras, que podía freír un huevo sobre el techo de un camión. Y a esa hora, los hombres y mujeres sin luz empezaron a combatirlo.

Algunos maestros de escuelas públicas, acostumbrados a los infiernos de las aulas sin ventilación, bebieron en sus casas un vaso de café ardiente que, según cuentan, sirve para resistir el azote del sol. Su lógica es la de los bomberos en los incendios forestales donde el fuego se combate con fuego. Los más viejos, sobre todo en los barrios populares, recurrieron a abluciones de agua de alcanfor con mentol cristalizado, que en el país posee un reconocido nombre comercial: Menticol. “El Menticol es el aire acondicionado de los caribeños”, me dijo un amigo periodista, heredero de estas técnicas contra el calor. Por algo en la etiqueta del envase donde se vende esta loción aparece un oso polar con un abanico de mano: la única criatura glacial que no desentona en nuestro bestiario del trópico. Estos métodos son los más extendidos, pero no son exclusivos. El día del apagón conocí a gente desesperada que embadurnó su cuerpo en Vick Vaporub o tragó confites mentolados para sentir más frías las aguas tibias de la nevera. Alguien, incluso, se untó en las piernas un gel para dolores musculares. Por mi parte, retomé un hábito de la niñez cuando cortaban la energía eléctrica en el barrio: metí mis sábanas y almohadas en el refrigerador y las saqué al cabo de unos minutos para cubrirme con ellas. No se burlen. Es la guerra contra el calor. En ella, casi como en el amor, todo se vale.

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