Columna


Desigualdad y corrupción

MIGUEL YANCES PEÑA

01 de marzo de 2021 12:00 AM

Aunque es el principal argumento de los sin nombre ni ubicación política (a veces se dicen socialistas, otras de izquierda, centro izquierda, neocomunistas, social demócratas, pero nunca castro-chavistas) y el titulo lo anticipa, no me voy a referir a la desigualdad, porque en el universo la desigualdad es lo natural, y en los seres vivos, la responsable de la evolución de las especies. En lo económico, porque es la consecuencia natural de esa desigualdad fundamental, y porque todo (evolución y progreso) es como el cuerpo de una lanza, unos van adelante, pero todo el cuerpo avanza. Punto final.

El tema de la corrupción es otra cosa, porque en lo fundamental es robar o hacer daño para sacar provecho individual. Aunque los sin nombre se quieran mostrar como apologistas del buen actuar, la experiencia muestra que no pasa de ser el discurso populista utilizado para engañar a incautos, o atraer resentidos, y conseguir votos. La corrupción, en todas sus formas y escenarios, es el peor y más difícil de erradicar de los males de la humanidad, porque pasa a ser parte de la idiosincrasia de los pueblos. Hay que pensar en el largo plazo y avanzar poco a poco sin interrupción, en la dirección correcta. Todo se inicia mediante la educación masiva con el buen ejemplo de las personas con mayor figuración y dignos de imitación (los medios de comunicación juegan papel preponderante, al destacarlos), y el ejemplo de los padres que se transmite por ‘ósmosis’ a los hijos: así se aprenden las virtudes y demás valores éticos y morales, de ninguna otra forma. Aunque no están de más, leyes y mano fuerte.

No obstante, está sucediendo que la ligereza con que se acusa, se enjuicia, se injuria y se calumnia, y en gran parte por culpa de los medios de comunicación capitalinos, y la Internet, que la ‘vergüenza’, ese sentimiento que permite luchar contra la corrupción, se pierda, y sea reemplazado por el cinismo y la desfachatez; sin embargo, algo que está inscrito como un algoritmo en nuestro ADN, y que nos permite palpar el alma ajena, es que la pasión, más que los argumentos con que se defiende la honra propia, es un indicador incuestionable de la honorabilidad, a pesar de tanta teatralidad existente hoy. Ignorarlo, para evitar el debate y el escalamiento, es lo contrario.

El remedio, como se desprende de este escrito, arranca por elegir ciudadanos ‘intrínsicamente buenos’ más que útiles o compinches, en todos los cargos de elección popular, que estos por onomatopeya producirán beneficios materiales y espirituales perdurables. Otro punto es reducir los procesos electorales, crisol de la deshumanización, alargando los periodos de ejercicio y restableciendo y haciendo extensiva a todos, la reelección. Amén de elevando a 30 años, el derecho al voto.

*Ingeniero Electrónico. MBA.

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