“Diego estuvo aquí”

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Ante el barrido irremediable de la muerte, los seres humanos sólo tienen sus nombres. En el suroriente de Cartagena, sobre la columna de un puente peatonal que une al barrio Los Caracoles con La Troncal, alguien ha escrito en letras negras: ‘Diego estuvo aquí’. Unos centímetros a la derecha, con idéntico trazo y color, el autor de la frase dibujó un rostro, posiblemente un autorretrato. Es un joven con el cabello largo y alborotado que luce un bigote como el de Freddie Mercury. No tiene pupilas, nada más las cuencas de los ojos. Bajo el bigote tampoco fue trazada la boca y uno se queda con la duda de si aquel Diego del puente anda por ahí serio o con una sonrisa.

Descubrí la frase y el autorretrato el año pasado mientras trotaba. Desde entonces me detengo a verlos durante varios minutos siempre que puedo. Tal vez ejercen tanta fascinación sobre mí, porque me recuerdan la batalla constante que las personas libran contra su desaparición. Somos efímeros y lo sabemos. Polvo eres y en polvo te convertirás, nos han dicho todo el tiempo. Hay gente que acepta este destino fugaz, otra prefiere ingeniarse métodos que neutralicen el curso de su extinción. Escribir nombres en lugares públicos y concurridos es uno de ellos.

Para no sucumbir al olvido, muchos hombres y mujeres se autoafirman en la cara más visible de los pupitres escolares, en los vidrios sucios de los carros o en el cemento fresco de los andenes y las carreteras. A veces resulta desconcertante enterarse de las razones por las cuales las personas quieren ser eternizadas. Hace seis años, cuando estudiaba Literatura en la Universidad de Cartagena, encontré en un cubículo del baño de hombres una frase que decía: “En este trono se sentó Julio Armando y reinó sobre su propia mierda”. En una calurosa buseta de Zaragocilla –otro animal en vía de extinción–, hay un asiento en cuyo respaldo escribieron: “Alberto Martínez te instala el aire acondicionado, 3008259074”. Los más irónicos en esta búsqueda de la inmortalidad son los enamorados, que dejan constancia de sus sentimientos en la arena de la playa. Para la noche, cuando sube la marea, decenas de nombres con letras floridas encerrados en corazoncitos son borrados por las olas antes de que la muerte –o la vida, que es peor– separe a sus dueños. Una pareja en Manzanillo del Mar, sin embargo, fue más inteligente: talló sus iniciales en la superficie de un morro a salvo de las aguas. La inscripción completa decía: “H y L llevan ya dos polvos”. En un árbol de Canapote hubo un nombre, el mío. Lo tallé junto con unos primos. Era un mango que fue creciendo con nosotros hasta que mi abuela se mudó. Luego lo cortaron, construyeron algo encima y el tiempo me dejó huérfano de Orlando. Ahora estoy aquí escribiendo esta columna, pero no podré probar que estuve.

*Escritor.

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