“Dios nunca parpadea”

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Aún al más recalcitrante de los ateos le toca aceptar que una extraña voz le previno de puñaladas traperas, o que sintió una mano invisible sobre sus hombros que lo detuvo, justo antes de rodar por el abismo.

A esa fuerza misericordiosa y protectora algunos la llaman ‘conciencia’ o ‘intuición’; otros, ‘percepción extrasensorial’ y millones de seres humanos, a lo largo y ancho de la historia, la llamamos: DIOS.

Los testimonios son incontables, pero vale la pena recordar el de la afamada columnista estadounidense Regina Brett, quien vivió una adolescencia desenfrenada, repleta de alcohol y otros venenos. A sus veinte años afrontó el viacrucis de un embarazo no deseado y, como si fuera poco, en la cuarta década le diagnosticaron un agresivo cáncer. En ese momento consideró que Dios había sido totalmente injusto con ella, pues parpadeó al momento de su ensamblaje, olvidando instalarle en el alma las virtudes y los frenos que conducen a la felicidad.

Sin embargo, entre quimioterapia y radioterapia, Regina descubrió que el milagro de la sanación se lleva por dentro. Funciona como una semilla sagrada que Dios coloca, sin discriminación, en todos los corazones y es tarea de cada cual abonarla, todos los días, con la fe del carbonero.

Aseguran los teólogos que aterrizamos en este mundo dotados del ‘libre albedrío’, pero que de todas formas es lícito, de vez en cuando, emberracarse con Dios, así nos vaticinen que nos tostaremos en las quintas pailas del infierno. ¿Cuantas veces hemos pensado que Dios no solo parpadea, sino que está ciego? ¿por qué permite tanta desigualdad y sufrimiento? ¿por qué nos creó tan imperfectos? ¿por qué ese niño con leucemia? ¿por qué esos viejitos desamparados? ¿por qué, en un acto de justicia celestial, no hace picadillo a los que roban el pan, los pupitres y saquen el vientre de la salud? ¿por qué otorga larga y primorosa vida a reyezuelos y tiranos?

Regina Brett en sus ‘Cincuenta lecciones para las pequeñas vueltas que da la vida” concluye que es muy difícil entender los designios y la existencia de Dios, aconsejando aferrarse al raciocinio elemental de los abuelos: “Aun cuando no entiendo como funciona la electricidad, nada me obliga a permanecer sumida en las tinieblas. No tengo que entender a Dios para creer en Él, pues creo en el sol, incluso cuando no brilla; creo en el amor, incluso cuando no lo siento; creo en Dios, incluso cuando calla, porque no hay reloj sin relojero”.

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