Columna


Eco naranja

MIGUEL YANCES PEÑA

23 de abril de 2018 12:00 AM

En los años 90, cuando se comenzó a hablar de globalización en Colombia, el principal argumento en contra era la falta de competividad del país frente al mundo desarrollado. Se partía de considerar a la nación como una gran empresa conformada por unos pocos monopolios y el Estado, con “cero” capacidad exportadora.

Esa visión desapareció en la medida que los pocos monopolios que había vendieron o hicieron alianzas con transnacionales mejor posicionadas en el mercado global, y las empresas estatales se democratizaron atrayendo inversión y gestión privada. Se desreguló, y se abrieron los mercados, lo cual ha traído beneficios en la obtención de bienes materiales, en especial alimentos y tecnología que hoy están al alcance de sectores sociales que antes estaban excluidos. Podría convertirse en un gran productor de alimentos si se adoptaran las políticas (estímulos, y seguridad física y jurídica) que permitieran el ingreso del gran capital nacional y extranjero en cada uno de los eslabones de la industria.

Contrario a lo que se pensó, el desempleo se redujo, y el comercio con los países del subcontinente aumentó gracias a acuerdos comerciales existentes, y a que Colombia y Perú, fueron pioneros en la firma de tratados comerciales (TLC) con países del mundo desarrollado, que atrajeron inversión extranjera creando empleo y conocimientos nuevos en tecnología, administración y mercadeo, entre otros.

Han transcurrido casi 30 años desde esa época; los jóvenes de hoy tienen mejor formación académica, y una mentalidad global gracias a la apertura, a las telecomunicaciones, y al auge de los sistemas de transporte aéreo y marítimo. No son muchos ya los que desean vivir de la politiquería y los empleos que brinda el Estado (asquea); “los pelaos” quieren conformar sus propias empresas, o trabajar freelance con transnacionales.

El país crece alrededor de la industria turística y de la construcción, en gran medida por la devaluación de la moneda, y sus atractivos naturales; amén de su gran riqueza cultural, la idiosincrasia de sus nativos en especial en la costa Caribe, y las oportunidades de negocios que ofrece, entre otras. También es rico en talento humano y creatividad. Nuestros deportistas y músicos se destacan a nivel mundial, casi sin ningún estímulo nacional: son descubiertos por empresarios y promotores extranjeros que logran insertarlos en los mejores equipos y escenarios del mundo.

Las cadenas de TV nacionales, desacomodadas con la competencia que les llegó del exterior, están produciendo contenidos que se venden bien en el extranjero. En fin, una explosión de talento creativo catapultada por la llamada Ley Naranja (1843/17) que se propone fomentar, incentivar y proteger las industrias creativas, entendidas como aquellas industrias que generan valor debido a sus bienes y servicios, y se fundamentan en la propiedad intelectual. Comprende, entre otros, los sectores editoriales, audiovisuales, fonográficos, artes visuales y escénicas, espectáculos, patrimonio cultural material e inmaterial, educación artística y cultural, diseño, publicidad, multimedia, software de contenidos, moda, agencias de noticias, servicios de información, y educación creativa.

Miguel Yances Peña

movilyances@gmail.com

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