Columna


Educar nuestras emociones

YEZID CARRILLO DE LA ROSA

06 de agosto de 2022 12:00 AM

“Cualquiera puede enfadarse, eso es sencillo, pero hacerlo con la persona adecuada, en el grado exacto, en el momento oportuno, con el propósito justo y del modo correcto, eso, ciertamente, no resulta tan sencillo”.

(Aristóteles, Ética a Nicómaco)

En un artículo previo sostuve que debemos aprender a domesticar la “naturaleza humana” – especialmente nuestras emociones e impulsos primitivos-, si de veras queremos construir una sociedad viable y estable. Repase las noticias: “Hombre asesinó a su expareja”, “Matoneo escolar en...”, “Asesinan a lideresa...”. Súmele la persistencia de una violencia social y política -sin sentido-, cuya solución exige acuerdos “racionales y razonables” que no se producen -ahora lo sabemos-, porque ello exige educar nuestras emociones.

Heredamos las emociones de nuestros antepasados. Primero fue el cerebro reptiliano y límbico, luego apareció el neocórtex (responsable de nuestra racionalidad); ello explica por qué -muchas veces- se produce un “secuestro neuronal”, por parte del sistema límbico (emocional) o reptiliano (primitivo) del neocórtex, generándose comportamientos irracionales (gritar, golpear o asesinar) o atávicos (las “casas de pique” o los hornos crematorios para desaparecer cuerpos, o encadenar como animales a policías secuestrados).

Hasta hace poco, el paradigma de pedagogos y científicos era que el desarrollo humano, social y económico requería de individuos con alto coeficiente intelectual. Hoy se sabe – sostiene Goleman- que la inteligencia emocional es igual o más importante para ser un profesional exitoso o un buen ciudadano (empático y altruista).

Como sociedad hemos cometido tres errores. Primero, identificar educación con instituciones educativas, liberando a la familia y a la sociedad de su responsabilidad en la educación emocional de los menores; segundo, priorizar lo cognitivo sobre lo emocional en la práctica educativa; finalmente, considerar – herencia del pensamiento decimonónico (liberal y marxista)- que la principal función de la educación es difundir o difamar una ideología, razón por la cual políticos y pedagogos primero suponen una idea de “naturaleza humana” (al margen o contra las evidencias científicas, pero acorde a su ideología) y, con fundamento en ello, proponen una política y una práctica pedagógica.

Muestra de lo último es la decisión ministerial de difundir en escuelas y colegios el informe de la “Comisión de la Verdad”. Ello puede ser loable; pero la única justificación no puede ser el argumento premoderno o cuasirreligioso: “La verdad debe ser revelada”; porque -además de todo el debate filosófico irresuelto sobre ¿qué es la verdad?- sería necesario, por ejemplo, estudios de expertos (sicólogos, neurocientíficos, etc.) sobre el impacto que una pedagogía basada en la muerte y la violencia, o la narración imprudente de hechos atroces o degradantes (descuartizamiento de cuerpos), pueda tener en el aprendizaje social y emocional de menores.

*Profesor universitario.

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