El abanico

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Provenientes de Venezuela, llegaron a la avenida Miramar de Manga, Los Cabello. Tenían una vieja radiola y álbumes de música de la Billo’s y los Melódicos. Eran tres varones y tres jovencitas agraciadas. Vivían con muchas limitaciones y como cosa curiosa tenían un solo abanico para todos.

Los jóvenes nos acercábamos a su casa para bailar con las Cabello cuyos hermanos Chucho, Pello y Chepe no eran gustosos de nuestra amistad. A ellos les animaba el trago y el mayor era pendenciero y jugador callejero, había que tener cuidado con él. Muchas veces hubo que buscar a Óscar Mallarino y a Saldefrutas Galofre para que le dieran una buena “tunda”.

Un día Víctor Nates nos reunió en la terraza donde hoy queda el Club Náutico para contarnos que el abanico de los Cabello solo lo usaban los hombres y que las mujeres “chupaban físico calor”. Imagínense, que lo manejan con un cable como de 100 metros y como tiene dos llantas rodantes, quien llega primero lo usa y luego mediante un tirón del cable, el abanico entra y sale de una habitación a otra.

Víctor, con su gracioso modo de hablar, nos contó: Anoche, estando dormido Pello y sudando como un condenado, le gritó a su hermano: -¿Oye Chucho, tú tienes por allá el abanico? Este respondió: -Nooo mi hermano, estoy sudando hace rato. Debió coger para donde Chepe, yo sentí el tirón que le metió, casi lo tumba, pregúntale a él. Enseguida le gritó: -¿Chepe, tú tienes allá el abanico? - Hace dos horas que no lo veo y acá hay una mosquitera del carajo- exclamó. -Cónchale, vamos a levantarnos “pa’ sabé pa´onde” carajo cogió”.

Se levantaron los tres, oyeron un ruido en la cocina y encontraron al abanico echándole fresco a la nevera.

-La culpa la tiene Chepe que llegó borracho-, dijo Pello visiblemente molesto.

Pasaron varias semanas. Por el club de Pesca y la cancha de Manga frecuentaban jóvenes de Getsemaní que retaban a los de Manga a jugar a la guayabita con dados. Fue entonces cuando Chucho Cabello, en una de esas apuestas locas y quedando sin un peso, trajo de su casa el abanico, lo puso en el centro de la ronda como case y lo perdió.

Meses después los Cabello regresaban a Venezuela y en la mudanza iban todos sus enseres menos el abanico que habían perdido y que su nuevo dueño, sin conocer las bondades del singular aparato, lo ofrecía en su compraventa de la calle de la Media Luna con un enorme y vistoso aviso que decía: ¡ABANICO VIEJO EN PROMOCION- SE VENDE!

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