Columna


El alfarero

CÉSAR PIÓN GONZÁLEZ

CÉSAR PIÓN GONZÁLEZ

13 de agosto de 2020 12:00 AM

Qué interesante poder revisar las transformaciones individuales del ser humano alcanzadas desde la óptica de la comunidad. La psicología y la sociología han avalado la terapia grupal como uno de los tantos escenarios que por poseer algo en común logran quintuplicar la fuerza espiritual, siempre y cuando te encuentres dispuesto, hayas cedido, aceptado, conjugando la humildad y consciente que solo no puedes hacerlo .

Hay que parar los señalamientos individuales e ir aportando para el poscoronavirus el fortalecimiento espiritual, pues solo en la medida que estemos convencidos que la ciudad somos todos, avanzaremos con resultados, sin protagonismos, sin críticas, sin obstrucciones, pues las heridas se curan con paciencia, constancia y delicadeza.

Los alcohólicos anónimos nos han dado una gran enseñanza de la salvación en grupo, hombres venidos de todos los fondos, con todos los pecados, marcados por el dolor y el sufrimiento de sus amigos, familias y de ellos mismos, se cobijan en un manto de fraternidad con otros actores sin distingos de clases sociales, posiciones laborales, diferencias económicas, raza y religión, los cuales cuando ya han aceptado que solos no pueden, “mueren para vivir” e inician compartiendo un método espiritual de todos los ambientes intercambiando lo común que nos hace saber que las adicciones son una enfermedad y que como tal hay que tratarla y en donde la dosis terapéutica solo por hoy te aparta de la adicción y empieza a cimentar una nueva forma de vivir feliz.

¿Qué espera la ciudad para imitar a estos hombres que hoy tienen representación en el mundo entero y que del olor a azufre que tantas mentes afectó, hoy reviven y contagian al mundo con el aroma del incienso?

Y si te detienes a observar el método y la estructura de los talleres de oración, fundado por el padre Ignacio Larrañaga, ese que con los testimonios y experiencias de quienes buscaban la transformación y el servicio al mundo bajo la conducta de Jesús, se ha ido expandiendo bajo las mismas premisas de la importancia grupal, y aplicando de manera individual en los actos de nuestra vida una pregunta para imprimir soluciones: “¿Qué haría Jesús en mi lugar?”.

Hoy el sufrimiento, la incertidumbre, el hambre, la exclusión, la humillación, y el desempleo que acarrea desesperación y tristeza por esta enfermedad viral del COVID-19 que nos ha llevado a muchísimas afectaciones mentales, culturales y económicas, nos invita a crear un prisma espiritual para fortalecer principios de solidaridad, y apoyar lo común del sufrimiento compartiendo la palabra en una frase: “Somos uno solo, tu dolor es mi dolor”. Hombres hechos de barro, llegó el momento de ponernos en la mano del alfarero para que transforme la vasija quebrada en una nueva pieza que sirva para el agua de la vida eterna.

*Concejal de Cartagena.

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