Columna


El arte de perder

CARMELO DUEÑAS CASTELL

28 de octubre de 2020 12:00 AM

En el larguísimo proceso evolutivo que nos trajo hasta donde estamos no está clara cuál fue la primera pérdida del ser humano; la religión discute entre la inocencia y el paraíso perdido. Luego hubo miles de millones de pérdidas; claro, muchas de ellas generaron ganancias para la humanidad y nos convirtieron, quisiera creer, en algo mejor. Como individuos perdemos desde antes de nacer: la silenciosa comodidad del vientre materno, la seguridad del hogar, la inocencia de la infancia, entre otras. Una larga lista de pérdidas convertidas en un interminable etcétera hasta la última, la más reconocida, la inevitable.

Traigo a cuento lo anterior por una breve y sentida publicación, hace dos días, en la revista JAMA. La autora compara algunas pérdidas del COVID con las que ella ha padecido desde su nacimiento en la India hasta su actual especialización médica. Obviamente esto se relaciona con el hermoso poema en el que Elizabeth Bishop resume magistralmente todas las pérdidas que en su vida fueron y que da origen al título de esta columna.

Sin previo aviso el coronavirus nos hizo perder, esperemos que temporalmente, la vida que teníamos: todas las libertades individuales y colectivas, ganadas durante siglos, se esfumaron por el confinamiento; sólidas y antiquísimas empresas sepultadas en el olvido; millones de empleos; aún esta semana, ante el temor de rebrotes y más cierres, el COVID produjo gigantescas pérdidas económicas en Dow Jones, Nasdaq y S&P. Lógicamente hubo grandes y trascendentales pérdidas: más de un millón de vidas a nivel global y más de 30.000 en Colombia, hasta el momento; miles de millones de años de vida potenciales; atrás quedaron también las visitas al enfermo, el consuelo a los deudos, la asistencia a funerales, el proceso del duelo. Todo ello sepultado por la gélida soledad de la pandemia. Y de no aparecer la vacuna vendrán más pérdidas: con el tiempo la nariz será un adminículo intrascendente sepultado por millares de mascarillas; palabras como abrazo y apretón de manos desaparecerán del diccionario por inservibles. Pequeñas pérdidas seguidas por tragedias mayores que se han venido acumulando, una tras otra, promoviendo un peligroso conformismo que se acompaña por una sensación de fin del mundo que podría explicar la actitud irracional de muchos que ahora viven la pandemia como si no tuvieran ya nada que perder. Algo que Bishop plasmó en su elegante frase inicial: “El arte de perder no es difícil de dominar, tantas cosas parecen decididas a extraviarse que su pérdida no es ningún desastre”. Probablemente fue la antesala de la lapidaria sentencia del filósofo Maturana: “Perder es ganar un poco”.

Quiero creer que aún no hemos perdido la oportunidad de cambiar, de ser mejores, como individuos, como sociedad, como especie, como residentes y depredadores del planeta.

*Profesor Universidad de Cartagena.

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