El barco hundido

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Poco a poco, casi sin darnos cuenta, nuestra espectacular bahía de Cartagena se viene recuperando. El otro día, por ejemplo, había unas cien garcitas blancas pescando por los lados de Bocagrande y me sorprendió la cantidad de mariamulatas que las observaban, como intentando aprenderles. Sería importante que las autoridades ambientales -locales y nacionales- declarasen una veda pesquera de varios años, para permitir su recuperación. No hay forma de salvar su fauna marina -mientras esperamos las obras del canal del Dique- si ya tenemos a varios pescadores tirando atarrayas y colocando trasmallos por todas partes.

Por cierto, hablando de la bahía, voy a contarles la historia del “barco hundido” que está por los lados de Castillogrande, pues pocos la conocen. Resulta que hace muchos años, por allá en la época de la “curarina”, llegó a Cartagena un barco misterioso pintado de negro. Con semejante semblante, las autoridades decidieron inspeccionarlo. La nave, bautizada con el nombre de “Gato Tuerto”, trató de huir, pero en su afán de retirada, encalló en el bajo “no te veo” y se voltio como hicotea sin lentes. En ese instante alguien gritó: “¡Ese capitán más parece un perro de charco, que un lobo de mar, el barco le quedó patas arriba!”.

Con la embarcación accidentada, cayeron al agua una cantidad de animales extraños llamados “Pis Pis Pirispis” (“PPP”). Más adelante se supo que eran una mezcla rara entre pájaro, mariposa y cucarrón. Los “PPP” salieron volando e inundaron la ciudad con un aroma de bondad, amor y gratitud. La gente comenzó a cambiar. Fue increíble. La ciudad se llenó de unos grafitis que decían: “Ama a tú prójimo y jamás necesitarás leyes”.

Dicen los testigos que quienes más se transformaron fueron los politiqueros corruptos. Al principio estaban como deprimidos, abrumados por el remordimiento. Pero luego, como que entendieron que esa vida de trampa y farsa, a quien más afectaba era a ellos. Entre más querían esconder, más se engañaban ellos mismos. “¿Hasta cuándo? Mi vida parece la de un mafioso”, gritó uno. Fue cuando todos comenzaron a caminar por las calles de Cartagena, repitiéndose la siguiente moraleja en voz alta: “Si el pícaro supiese las bondades de ser honrado, sería honrado por picardía”.

Aquella fue una época de progreso inusitado en Cartagena. El optimismo de la gente era contagioso y lo que más impresionó fue el cariño y admiración que todos expresaron a nuestros políticos. Ese mismo año recibieron un homenaje apoteósico en la plaza de la Aduana.

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