El Capote

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Era uno de esos seres que van por el mundo sin dejar huella, con el uniforme de los desposeídos y el título nobiliario del anonimato. Empleado público, en el más bajo escalafón de la administración rusa; solo se destacaba cuando era objeto de insultos, críticas y ultrajes por su pobre, vetusto y sucio abrigo. Sin ambiciones, su único deseo era cumplir su rutinario trabajo. Tanto que rechazó la única oferta de ascenso que recibiría en toda su vida y, en cambio, escogió seguir con su paupérrimo sueldo y su gris existencia de copista.

En San Petersburgo todos buscaban algún divertimento para sus lánguidas y frías noches, pero nadie lo vio jamás en una fiesta o reunión social. Él se acostaba, sonriendo, satisfecho solo de pensar qué le enviaría Dios para copiar al día siguiente. Sus cuatrocientos rublos de sueldo anual tan solo le permitían subsistir, en el día a día. Su abrigo, un envejecido capote, ya no servía de nada y por ello padecía con el cruel viento del báltico. Por meses, antes del siguiente invierno, su mente solo se entretenía con la idea de un buen abrigo para protegerse de la gélida brisa. Su única y máxima ilusión era conseguir el capote nuevo y sentir que, por fin, era alguien. Erróneamente creía que un buen capote lo sacaría del ostracismo social en que había vivido toda su oscura vida.

Akaki, el protagonista, luego de muchos sacrificios, invirtió todos sus ahorros en un capote nuevo para protegerse del crudo invierno. El capote se convirtió en un sueño, un símbolo, una obsesión. Al ponérselo Akaki siente, por primera vez, que es importante, que ha progresado, un ascenso en la escala social. Hasta el colmo que el ayuno, las vicisitudes y privaciones carecen de importancia. Lamentablemente le roban el capote y poco tiempo después fallece, se convierte en fantasma y regresa del más allá a recuperar su capote.

La obra muestra con humor y sátira las desventuras de una clase social. El relato, basado en hechos reales, es una crítica de tal grandeza que se convirtió en una de las cumbres de la literatura rusa, hasta el punto que muchos genios del boom ruso, de finales del siglo XIX y comienzos del XX, consideraron que “todos crecimos bajo El capote de Gógol”. Así de grande fue su influencia política y literaria, capaz de hacer la disección de un sistema y de una nación para desnudarlos con todas sus bajezas y corrupciones. Uno desearía contar con Gógol para que, de los candidatos a la Alcaldía, nos evitara elegir lo que hemos escogido por lustros y nos tiene en esta inane espiral. Lo decía Gógol: “Por estúpido que sea lo que dice el necio, en ocasiones es más que suficiente para confundir al hombre inteligente”. Por el contrario, si elegimos el adecuado, sin llegar al mesianismo, su ejemplo dinamizador sería un acicate para el cambio, como decía el ruso: “El ejemplo tiene más fuerza que las reglas”.

*Profesor Universidad de Cartagena

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