El Cuchilla, un genio

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Tendría unos ocho o nueve años la primera y última vez que vi en persona a Edelberto Geles Berrío, mejor conocido como el Cuchilla. Estaba acompañando a mi papá a hacer unas vueltas en el Centro, probablemente cerca de la Alcaldía, cuando pasamos por la Plaza de los Coches y tropezamos con una muchedumbre reunida en círculo. Recuerdo que pensé que se había muerto alguien y el corazón me dio un vuelco por el susto de tener que ver el cuerpo en el suelo. Sin embargo, a medida que nos fuimos aproximando, descubrimos que en medio del tumulto estaba un hombre contando chistes. “Es el Cuchilla”, dijo mi padre mientras sonreía. Es una lástima que no pueda evocar los chistes que escuché aquella tarde, pero mi memoria mantiene intacto el momento en que, después de las risas, el Cuchilla recorrió su cerco de admiradores con una gorra y yo metí una moneda de doscientos pesos en ella.

Fue la única vez que lo vi de frente. Nunca tuve otra oportunidad. Cuando crecí un poco más, lo suficiente para coger un colectivo hasta el Centro por mi cuenta, ya el Cuchilla había fallecido. Confieso que en los videos antiguos que encuentro de él en internet, todavía busco entre el público a un niño que se parezca a mí en esa época y a un padre como el mío que le esté agarrando la mano. Jamás los he hallado ni creo que eso ocurra algún día. Pero agradezco la búsqueda infructuosa porque me ha permitido disfrutar de la imaginación del Cuchilla y su extraordinario sentido del humor, muchas veces más profundo y creativo de lo que los mojigatos nos quieren hacer creer.

Alguna vez le oí decir a un amigo que el Cuchilla era el García Márquez del humor. Y tiene razón. Edelberto Geles creó un universo singular con todos nuestros acontecimientos cotidianos y lo dotó de un aura fantástica que solo puede comprenderse desde la vulgaridad y el patrimonio cultural de la grosería. La poética de lo plebe, lo real maravilloso de la obscenidad. En un chiste suyo, una anciana que ralla Viagra en secreto dentro de un sancocho para su marido impotente encuentra en la olla una orgía de plátanos verdes copulando con las yucas. En otro, un cocodrilo es sometido a una costosa cirugía plástica para enfrentar al perro bravo de un gringo en la imaginaria Calle Manhattan-Brooklyn de Los Ángeles. Las Mil y Una Noches narran pescadores que sacan del mar botellas encantadas y peces con diamantes en el estómago, en el mundo del Cuchilla estos pescadores están hambrientos, mojosos y tan salaos que, estando lejos, sacan un mismo pescado entre los dos.

Los genios transitan caminos misteriosos. El Cuchilla, aun cuando algunos no deseen admitirlo, brilló en su propia senda. Pregunten por él en Cartagena, donde el Padre Clero tiene el mismo estatus que el coronel Aureliano Buendía.

*Escritor

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