El defensor

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Por regla general, cuando se emprende una causa judicial en cualquier área del derecho, se hace ineludible la presencia del abogado, situación que es indispensable aún más en el proceso penal, dado los bienes jurídicos que se encuentran en juego y por ser el ius puniendi la forma más agresiva de solución estatal al conflicto social. Lo anterior resulta más sencillo de lo que aparenta, tener un jurisconsulto es una garantía fundamental, luego es una condición sin la cual no habrá condena o absolución.

Muy a pesar de ello, la figura del defensor es satanizada, pues, en muchos casos se le confunde con la causa que apadrina y, en ocasiones, es víctima de odios, como sucedió recientemente en el mediático caso del excontralor de Antioquia, quien fue imputado y después recobró la libertad por decisión de un juez, ante los alegatos de su apoderado, lo que generó la reacción grosera y desesperada de la fiscal en redes sociales, olvidando que el rol defensivo impone la obligación de usar contundentemente las herramientas lícitas previstas en favor del prohijado.

Es común ver este tipo de cuestionamientos cuando de causas penales se trata. La mayoría se pregunta ¿cómo pueden defender a esa persona? Para responder es obligatorio atender a dos presupuestos legales. Por un lado, todo señalado está amparado por la presunción de inocencia, y, de hecho, lo es, hasta que se profiera una sentencia condenatoria, aun cuando esa premisa al parecer, es letra muerta. Y, además, la defensa, incluso para el culpable, es obligatoria y no necesariamente para controvertir su responsabilidad, sino de cara a verificar el cumplimiento del debido proceso e incluso obtener beneficios de ley.

El defensor debe ejercer esta función con altura ética, lealtad y, sobre todo, prudencia. En esta era digital se debe tener cuidado con las opiniones públicas, para evitar convertir en santos a los que se defiende y en demonios a los que no, y entender que el norte debe apuntar siempre a la coadministración de justicia, la cual se logra buscando una verdad real y no circunstancial, pero entendiendo que ese estándar no siempre está del lado de la acusación. Es un hecho irrefutable que no todos los procesados son culpables y no todos los culpables están siendo encausados.

Es importante comprender, dentro del Estado de Derecho, fundado en el respeto a la dignidad, que el proceso penal no es un fin en sí mismo y sí lo es el ser humano, por eso, se vuelve indispensable un guardián de las garantías, para asegurar que la verdad que se construya no solo sea real, sino también lícita. De ahí la importancia del defensor, esa persona instruida en las leyes que no puede ser vista como un obstáculo para la aplicación de justicia, ya que su ejercicio encarna la esencia de lo justo.

*Abogado.

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