Columna


El dilema de los confinados

No puede existir confianza sin que exista confiabilidad.

PABLO ABITBOL

PABLO ABITBOL

24 de abril de 2020 12:00 AM

Hay cuatro problemas básicos que todo grupo de personas debe resolver, sea una familia, una organización o una sociedad: cómo se define qué es de quién, cómo se toman las decisiones colectivas, cómo se coordinan las acciones y cómo se asegura que, si cada uno pone de su parte, los demás también lo hagan. Este último es el problema de la confianza, conocido en la teoría política como el dilema de los prisioneros:

Dos ladrones han sido capturados y encerrados en celdas separadas. La policía no tiene pruebas de que ellos hayan cometido el delito, así que les dicen, a cada uno por separado, que el que delate al otro quedará libre de inmediato, y que el que sea delatado irá a la cárcel por muchos años. Ambos prisioneros saben que, si cada uno confía en el otro y ninguno delata a su cómplice, la policía solo podrá mantenerlos encerrados por un corto tiempo. Pero también saben que la tentación de la libertad inmediata puede hacer que uno traicione al otro, el cual terminará preso por muchos años. El resultado es que los dos se delatan mutuamente.

Hoy, cuando todos estamos confinados para mitigar la propagación de un virus altamente contagioso y letal, debemos confiar que cada quien – persona, familia, y empresa – está poniendo de su parte para evitar contagiarse y contagiar a los demás. Sin embargo, siempre existe el riesgo de que alguien caiga en la tentación de pensar que puede (o merece) evadir tranquilamente las medidas de cuidado y protección, ya que todos los demás las están cumpliendo. El gran peligro es que ese alguien sean muchos, y que se desate así una tragedia en cascada.

No puede existir confianza sin que exista confiabilidad. El principal reto en estos tiempos es actuar colectivamente y gobernar efectivamente en medio de una cultura de desconfianza aprendida.

La ciudadanía desconfía del vecino, de los medios, del Estado. Las medidas del gobierno son recibidas con suspicacia, la información oficial no genera credibilidad. Y los políticos tradicionales, enconados en trifulcas de poder, incurren en la corrupción de costumbre, reparten mercados a dedo y atizan el descontento social para desestabilizar la autoridad y la eficacia de la administración pública, sobre la cual quieren conservar su control extractivo, poniendo a toda la sociedad en riesgo.

Un momento de decisiones difíciles – cuando debemos pensar cómo reactivar con sabiduría y cuidado las economías, para proteger la vida y el bienestar de toda la población – exige la reparación de la confianza colectiva y, por lo tanto, la capacidad social y gubernamental de asumir compromisos claros y visibles que generen profunda confiabilidad.

Las opiniones aquí expresadas no comprometen a la UTB o a directivos.

*Profesor del Programa de Ciencia Política y Relaciones Internacionales, UTB.

*Profesor.

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