Columna


El Dolex y la miseria humana

JESÚS OLIVERO

JESÚS OLIVERO

08 de abril de 2016 12:00 AM

Entre los días gloriosos de laboratorio recuerdo el experimento en donde intentaba descifrar la interacción de la dioxina, un tóxico ambiental generado al quemar algunos plásticos, con el acetaminofén (Dolex), uno los fármacos más usados en el mundo. Los ratones inicialmente fueron expuestos a una dosis poco tóxica de dioxina y una semana más tarde a una no tóxica de acetaminofén. Sospeché que las sustancias interactuaban, pero nunca como lo hicieron. Los ratones tratados con dioxina y acetaminofén disminuyeron drásticamente su temperatura corporal tres horas luego de haberles inyectado el analgésico, y cinco horas después, todos habían muerto. Los grupos que recibieron el contaminante y el fármaco por separado, permanecieron vivos. Al repetir el experimento, el resultado fue el mismo.

Desde entonces, intento valorar en detalle la evidencia que soporta la toxicidad del Dolex, la cual no es poca cosa. Por ello, con alguna frecuencia pienso en ese cúmulo de ciudadanos que luego de intoxicarse con alcohol usan Dolex para eliminar el guayabo. ¿Pasará algo similar a lo que ocurre con la dioxina? Quizá no, pero algo sucede. Esa es una preocupación menor comparada con la cotidiana administración de este químico a los niños, sus principales usuarios, además de todas las personas de escasos recursos a quienes el sistema de salud sólo ofrece Dolex para cualquier enfermedad. 

Más allá de los problemas toxicológicos del acetaminofén y el cuidado con que debe usarse, en los últimos días llamaron mi atención los comerciales de radio que promueven sus bondades como tratamiento para el dengue, chikunguña y zika. Vuelve y juega la premisa del interés económico de las multinacionales sobre el bienestar de la gente. Ese apetito voraz por extraer el alma de lo poco que puede brindar la miseria humana siempre prevalece.

Aunque internet está inundado con señales de complots en relación al zika, las reglas de juego para la comunidad, en materia de salud alrededor del mismo, deben ser claras e inviolables. En sentido global, las enfermedades transmitidas por mosquitos son sombras de muerte para aquellos sin abanicos o aires acondicionados, o los que no pueden pagar la electricidad y viven cerca a lugares sin saneamiento ambiental. En muchos casos, como en la ciudad, esto ocurre en gran medida por nuestra propia desidia. Pero el estado no puede permitir que el énfasis en el zika sea aliviar los síntomas y debe insistir en la prevención, proyectada como el mejoramiento de las condiciones sanitarias de las comunidades, el cambio en la cultura ciudadana y la disminución de la pobreza.

@joliverov