El Domingo

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Corría el año 304 de nuestra era cristiana, cuando el emperador Diocleciano prohibió a los cristianos, bajo pena de muerte, poseer las Escrituras, reunirse el domingo para celebrar la Eucaristía y construir lugares para sus celebraciones.

Sucedió que en Abitina, pequeña localidad de la actual Nación de Túnez, 49 cristianos fueron sorprendidos un domingo en la casa de Octavio Félix, celebrando la Eucaristía. Habiendo desafiado la prohibición imperial, fueron arrestados, llevados a Cartago y sometidos al interrogatorio del procónsul Anulino. Fue significativa la respuesta valiente de Emérito al preguntársele el porqué de la transgresión: “Sine dominico non possumus”; es decir, sin reunirnos en asamblea el domingo para celebrar la Eucaristía no podemos vivir. Nos faltarían las fuerzas para afrontar las dificultades diarias y no sucumbir. Todos los 49 fueron torturados y asesinados. Confirmaron su fe derramando su sangre. Murieron, pero vencieron y hoy son recordados en la gloria de Cristo resucitado.

El domingo es para nosotros el día de la comunidad cristiana. Por ello no es posible vivir el domingo cristiano de manera privada e individual o encerrados en grupos particulares. Durante la semana vivimos dispersos. Cada uno en su trabajo y con sus problemas. Sin embargo, el domingo lo dejamos todo para encontrarnos, reunirnos y ser la Iglesia que celebra a Jesucristo.

Naturalmente, no todos pensamos lo mismo ni compartimos las mismas ideas. Pero el domingo nos encontramos para celebrar porque, por encima de cualquier diferencia, todos somos bautizados y compartimos una única fe. Congregados alrededor de un mismo altar, escuchamos la Palabra, nos alimentamos del mismo pan y nos damos el abrazo de paz.

A lo largo de la semana escuchamos de todo y recibimos el bombardeo de las redes sociales. El domingo nos detenemos para escuchar ese Evangelio que es el alimento de toda la semana. Qué bueno que nuestra eucaristía dominical sea una verdadera asamblea creyente donde semanalmente nos renovamos y crecemos.

No falta quien diga que su comunidad parroquial no le ayuda a crecer en la fe o que no le gusta como celebra el sacerdote etc. En una comunidad cristiana no se escogen sus miembros como se escogen los amigos o seleccionamos nuestras relaciones. En una comunidad cristiana estamos todos los que somos. Tengamos presente que en nuestras celebraciones tanto las del Centro Historico como las de El Salado, se cumple la promesa de Jesús: “Donde están reunidos dos o tres en mi nombre, allí estoy en medio de ellos».

Recuerdo la respuesta del padre Garrido a un chofer de El Carmen que le preguntó, por qué el tercer toque de campanas era más largo que el primero y el segundo. El padre, en su estilo propio, le dijo: “Las campanas son la voz de Dios que nos invitan a la Eucaristía, a la oración y la alegría. Deja que resuenen dentro de ti y verás que tu Domingo tendrá otro color”.

*Vicario de Pastoral de la Arquidiócesis de Cartagena.

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