El foco rojo

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Hay registros que demuestran que hace más de 4.000 años mujeres y hombres se vendían, o eran vendidos, por favores sexuales. Las zonas de tolerancia, rimbombante frase usada para señalar sectores donde, libremente, se mercadea el sexo, han existido por milenios. En Ámsterdam hay una de ellas, un barrio entero, atravesado por calles y canales. En sus orillas, centenares de casas con focos rojos y vitrinas que muestran mujeres semidesnudas que se ofrecen al caminante y entre ambos acuerdan un precio y un favor. Mientras el mundo cuestiona, critica y restringe hechos o situaciones que pueden convertir al ser humano en objeto mercantil, en esos focos rojos, el oficio más antiguo del mundo existe. Un trueque para algunos vergonzante, por la dolorosa idea que involucra, “todo tiene precio”. Otros han querido ver en ese foco rojo un sistema claro, sin artilugios ni falsedades, un intercambio comercial. Quien busca el foco rojo sabe a lo que va y a ambos lados del vidrio cada uno sabe lo que quiere: de un lado quien compra un instante de placer y del otro quien vende un momento de su vida por necesarias monedas.

Al recorrer las bucólicas riberas del Rin, por donde pasó la vida y la historia de Europa, es imposible no unir ese foco rojo con la leyenda de los nibelungos. Poema medieval que debió surgir como tradición oral y luego se plasmó en un hermoso texto que describe una epopeya mitológica que compacta mitos y leyendas nórdicos y es orgullo del pueblo germano. Mi madre me hizo amar la explicación de la inmortalidad de Sigfrido al bañarse con la sangre de un dragón al tiempo que señala como su fatal debilidad esa pequeña parte de la espalda donde no cayó sangre por estar cubierta por una pequeña hoja de tilo. Sin embargo, la obra es mucho más: historias de dioses y demonios, héroes y dragones que luchan por conseguir el oro del Rin. Advertidos todos que tal tesoro le daría poder eterno al propietario pero que, para lograrlo, debería renunciar por siempre al amor y la felicidad. Wagner llevó esta prodigiosa obra a una de las más extensas epopeyas musicales y Hitler la manipuló a su antojo para promover sus teorías de supremacía y dominación racistas.

Hoy, algunos ilusos siguen buscando el tesoro del Rin. Así como en el foco rojo ambos encuentran y ganan lo que estaban buscando, tengo para mí que ambos pierden mucho en el camino. Igual que en los nibelungos, dinero y poder no son sinónimo de amor y felicidad. En la búsqueda del poder total puede encontrarse la mayor debilidad de cada uno. Además, al hundirnos en el Rin en busca del oro, podemos perder un tesoro invaluable pero menospreciado por estas calendas. Por eso, hay tesoros que es mejor buscar y no hallar jamás, como hermosamente describe Octavio Paz: “Mira el poder del mundo, mira su forma tensa, su hermosura inconsciente, luminosa..”.

*Profesor Universidad de Cartagena.

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